¿Qué gusto tiene La Salada?

Posted on 15 noviembre 2011

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Por Liliana Viola

Acaban de salir tres libros que intentan desentrañar los misterios de la feria ilegal más famosa de Latinoamérica. 
Ya hay una película y otros proyectos en marcha. ¿Cómo 
y por qué La Salada se convirtió en una atracción 
para toda la familia argentina?

Cuando nos quisimos acordar, ya era lo que es. Cuando quisimos hacer algo, ya estaba todo tomado.” El discurso de políticos, policías,  comerciantes, vecinos, pero también de los cronistas que van en busca de alguna verdad, revuelve siempre esta sensación de catástrofe natural o de enfermedad terminal. No hay nada que hacer. La inmigración, la ilegalidad, el margen, son los tres elementos que provocan el espanto sublimado por verbos en condicional y descripción de cuerpos agigantados, ritos pintorescos, comidas picantes, panzas con mucha plata en el bolsillo, pleitos que culminan en asesinato, mujeres de armas tomar. El misterio y el encanto de la feria no reside sólo en su origen con personajes ya mitológicos cuyas fotos nos reciben a la entrada, ni en los negociados entre políticos y policías, ni en el contrabando hormiga a gran escala.

Para el periodista Sebastián Hacher, el tema es que todos somos clientes, la feria no es sólo un fenómeno donde se cruzan la inmigración y la lógica del conurbano, “a la feria va una clase media del conurbano y en Navidad, cuando están por empezar la escuela en marzo o en los cambios de temporada, es cuando más se ve. Pero sobre todo, creo que la clase media de todo el país compra en La Salada a través de los miles de revendedores que van a la feria. No son sólo los comerciantes que llenan sus vidrieras, sino también las mujeres que recorren oficinas y reparticiones públicas con sus bolsas de ropa a pagar en dos cuotas. Y también, la clase media compra en La Salada a través de las llamadas Saladitas y de los vendedores ambulantes que venden medias en la calle. En todo el país, con mayor o menor intensidad, la feria está presente.”

Los cronistas que se han ocupado del asunto este último año, tanto Nacho Girón con La Salada Radiografía de la feria más polémica de Latinoamérica (Ediciones B), como Sebatián Hacher con Sangre salada. Una feria en los márgenes (Editorial Marea)  lograron muy interesantes retratos se “aventuraron” a buscar pasado y presente de esta feria o comunidad, como se quiera. La idea de aventura, la mirada asombrada ante criaturas de otras galaxias, está entre líneas o más que eso. No será casual que ambos periodistas describan, casi como rito iniciático, el momento en que corren peligro, un magro riesgo, pero que los habilita a seguir avanzando y a demostrar que estuvieron. Uno sufre un puntazo en el ojo cuando trata de ayudar a una señora, otro, las consecuencias de viajar más que amuchado en un colectivo. El dolor, o mejor dicho, la molestia de “esa marea humana” aparece en las crónicas con un dejo de victimización precaria, con lastimaduras que no sangran. Aunque consiguen dialogar con los protagonistas más pesados, las amenazas de muerte se escuchan como ecos y el olor a los otros, aunque siempre con respeto y hasta afecto por los personajes cada vez más adorables por contradictorios, se puede oler.

En realidad salieron tres libros, corrige Hacher cuando Debate lo entrevista a propósito del suyo: hay un tercero que es una edición artesanal que hizo alguien de la feria y también podríamos decir que hay un cuarto -Los Otros, de Josefina Licitra- que habla de la feria en algunos de sus capítulos. El año pasado, agreguemos, la película Haceme feriante, ópera prima de Fabián Angiollillo se proyectó en el mismo lugar donde fue filmada y el mismo director se dedicó a piratear su trabajo en algunos de los puestos donde vendió unas 200 copias truchas.

El Castillo argentino en La Salada

La feria Punta Mogotes se formó como Sociedad en Comandita por Acciones. En su estatuto fundacional se nombraron cuatro administradores: Jorge Castillo, los hermanos Manuel y Raúl Corrillo –dos feriantes bolivianos– y Jorge Preguerman, el yerno de Manolo. Según el propio Castillo, por la venta a él le tocó 
el tres por ciento del valor del predio, dinero que invirtió en comprar treinta puestos. También según él, a Manolo le quedaron cien de esos puestos. 
Una década más tarde, Punta Mogotes se volvió la feria más grande y la más conocida. Lo que antes era un techo de chapa se había convertido en un estacionamiento aéreo y, de a poco, los antiguos puestos de alambre se transformaban en pequeños locales de material. En los medios de comunicación se hablaba de 
Punta Mogotes como si esa sola feria fuera La Salada. Y se nombraba a Castillo como al dueño de todo. Sin embargo, Mogotes tenía 1.300 puestos: apenas un diez por ciento de todo el complejo. 
El reconocimiento era simbólico, social. Para Castillo, el éxito tenía un solo motivo: él. 
–Yo veía a los bolivianos y decía: cómo puede ser que tengan tan buenos precios y progresen tanto. Y después me di cuenta de cuál era el sistema. Venden a poco valor y mucha cantidad. Si algo sale 
10 pesos de costo, lo ponen a 12, cuando los argentinos lo venderíamos a 20. Yo aprendí eso, lo copié y lo mejoré. 
–¿Cómo lo mejoraste? 
–Como primera medida, enfrenté a los medios. Cuando los medios tomaban a la feria como a un cuco, dije “vení, entrá”. Si iban a Urkupiña o a Ocean los agarraban a cascotazos. Yo les abrí 
la puerta. Hoy ya instalé La Salada: es una marca registrada. Todos se sirven de lo que yo hice. Esto benefició a Urkupiña, benefició a Ocean, benefició a La Ribera. Y ellos mismos lo reconocen, ellos 
reconocen que fue gracias a Castillo.   
Abajo de su oficina, en el garaje, se acumulaban sulquis fileteados, radios antiguas y todo tipo de objetos tan caros como extraños. Parecía el depósito de un nuevo rico que invertía de forma algo exagerada en sus berretines de siempre. La actividad comercial se concentraba en la terraza, en lo que parecía un departamento de soltero reconvertido en oficina. En la primera habitación estaba la sala de 
espera. Era una especie de living donde convivían muebles viejos, muestras de mercadería de la feria y un escritorio de roble. La televisión siempre estaba prendida en programas de chimentos, y el decorado seguía la misma lógica que todo lo demás: en las paredes había posters de otras décadas, fotos y camisetas de fútbol autografiadas.
Cada tanto, Castillo salía del despacho para darle órdenes a su secretaria. La primera vez que lo hizo adelante mío, en la mano llevaba un rollo de alambre: lo pensaba usar para delimitar su te- 
rritorio en un campo de Santiago del Estero. 
–Yo no soy sólo La Salada –dijo cuando le pregunté por ese emprendimiento–. En total tengo quince empresas, algunas más grandes, otras más chicas. Armé una de seguridad privada, una de 
créditos, otra agropecuaria y tengo caballos de carrera. A todas las hice yo con poco dinero. Es algo que llevo en la sangre. Castillo sostenía que entre sus antepasados valencianos había algún gitano, y que su habilidad para los negocios era genética. Uno de sus ejemplos era la forma en la que había comprado el 
campo en Santiago: pagando 5.000 pesos por mes hasta completar 75 mil. 
–Hoy –se ufanó– con el título de propiedad y el alambrado puesto, sale 800 mil dólares. Ya capitalicé esa plata. Nunca le creía cuando citaba números. La mayoría de las veces exageraba para arriba o para abajo.


Texto extraído de Sangre salada. Una feria en los márgenes 
de Sebastián Hacher, Editorial Marea.

¿Por qué de pronto tanto interés en La Salada?
Hay un tema con la inmigración de los países andinos, que está cambiando la configuración de toda una parte del conurbano: hay territorios y culturas nuevas y me parece que en los años que vienen la crónica y la literatura van a mirar hacia esos fenómenos y tratar de entenderlos. Es lógico que se empiece por La Salada: es un lugar donde esos cambios están concentrados de forma brutal.

¿Notaste que La Salada aparece en tu libro y también en otros trabajos con el estigma o el privilegio de ser “un mundo paralelo”? ¿Sabés por qué será eso?
La Salada funciona de noche. Desde el vamos, eso le da cierto aire extraño. La mayoría de los compradores y vendedores trabaja durante el día y cuando hay feria -generalmente los martes y los sábados por la noche- vive a contramano del mundo, en esa especie de ciudad nocturna. Los micros que llegan del interior -entre 200 y 500 por feria- traen miles de personas que durante el tiempo que están en la feria viven en un campamento gitano. Todos caminan como entre sueños -el cansancio se hace sentir- pero nadie deja de correr y tratar de hacer todo lo más rápido posible, en medio de una mezcla de colores y olores de asado, frituras bolivianas y la música que aportan los vendedores de cds truchos, con una temperatura de luz que también es muy particular, calles rotísimas, muchísima basura y, en el medio de todo eso, una circulación enorme de dinero y mercaderías. Creo que todo eso hace que lo primero que diga uno cuando llega a la feria es eso: que estamos en un mundo paralelo. Cuando pasa el tiempo, uno se acostumbra y se vuelve parte de ese mundo.

TIRARSE A LA PILETA
Estas viejas tierras de Lomas de Zamora, pensadas, incluso antes de Perón, como balneario popular, con el Riachuelo y la vía de tren encima y sus gigantescos piletones, además de apilar consumo de segunda selección, marcas de primera pero truchas, ostenta increíbles récords. Los cronistas no pueden resistirse a la tentación de hablar con números y a sonar siempre hiperbólicos: durante los fines de semana llegan más de 400 micros de diversos puntos del país, circulan 150 millones de pesos por día, su modelo de negocio es madre de al menos 250 emprendimientos similares en todo el país. “¿Por qué un terreno en apariencia marginal y plagado de ratas puede ostentar el récord de vender el metro cuadrado más caro de la nación y una facturación anual de millones de pesos?”, es una de las preguntas que intenta respondernos Nacho Girón en su libro. La historia de La Salada parecería no forzar ninguna imaginación. Los personajes, cada vez más verosímiles a fuerza de la repetición de los rasgos y anécdotas en los diversos trabajos, nacieron estereotipados. Antes que nadie, el boliviano pionero, René Gonzalo Rojas Paz, que inició esta gesta hace 20 años que se suicidó (o  más probablemente lo suicidaron) en la cárcel. Por otro lado, y segundo en el orden de aparición, el argentino, Jorge Castillo, quien aporta la viveza criolla, su tono canchero y el trato con los medios gracias al cual La Salada dejó de ser una maraña de puestos con baratijas para convertirse en una marca registrada.

La Salada funciona porque está mal concebida y mal montada, dice Marcelo Larraquy en el prólogo al libro de Girón: “No tiene un desarrollo estratégico pero fue liberando sus fuerzas económicas de la forma que más rentabilidad entregaba. Y anda porque sus propietarios saben cómo convivir con el poder político y judicial, cuando éste abandona la Ley y va a buscar su dinero en el subsuelo.” Un éxito por su alta capacidad de fracaso, un ilícito amparado por la ley, un negocio. Los puesteros colocan mercadería sobre las vías del tren que debe cuidarse de no matar a nadie y nunca matan, las calles donde se levantan estas tolderías que levantan plata como el más exitoso de los shopping, no están asfaltadas. Suspendida en un limbo legal y también estético, La Salada promete respuestas a preguntas que los intelectuales se formulan acerca de la globalización, las políticas inmigratorias, el discurso de derechos humanos y toda una bajada a tierra, literalmente hablando.

¿Cómo ves el futuro de La Salada?
El futuro llegó hace rato. Las ferias de La Salada tienen una especie de hipertrofia. Las que están en al aire libre crecen hacia los costados copando nuevas calles y hacia el Riachuelo, con gente que rellena parte de la ribera para poner más puestos. Las tres ferias organizadas intentan reconvertir parte de sus instalaciones en shoppings: en Punta Mogote ya hay puestos de material. En Ocean, construyeron una parte que parece una galería del centro. En Urkupiña tienen el proyecto de hacer todo de nuevo. Uno de los grandes negocios de la feria es inmobiliario: si bien los puesteros progresan, los que se llevan la parte del león son los que tienen varios puestos y los alquilan, y los que construyen cosas nuevas. Los otros grandes beneficiarios son la policía bonaerense y los políticos que viven de las coimas que pagan los feriantes. Hay que ver qué hacen ellos para ver hacia dónde van las ferias.

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