“…nuestro trabajo trata de cualquier cosa menos de destacar todo lo que el poder hace bien y dedicarse a desmerecer cualquier opinión crítica”

Posted on 19 septiembre 2011

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Por Ernesto Tenembaum

La cuestión de las especies

Entre los periodistas que intentan mantener la mayor independencia –de los gobiernos, de los avisadores, de la presión del rating, de las empresas en que trabajan– y aquellos que se alinean con cualquiera de estos factores de poder –y especialmente con el Gobierno, que es el factor de poder más poderoso en estos tiempos– hay éticas diferentes, formas de entender la profesión y la vida claramente distintas. Cada semana hay un ejemplo nuevo. En estos días, le toca el turno al caso de corrupción que afecta nada menos que a la Fundación Madres de Plaza de Mayo. ¿Qué debe hacer un periodista que se propone como meta –aunque nunca lo logre completamente– la independencia y qué alguien que, antes que nada, cuida los intereses de un gobierno –por convicción, porque gracias a eso logra su lugar en el mundo, por dinero, o por una combinación de todas esas cosas–? 

Es un caso interesantísimo para analizar, ya que hay tanta gente de repente interesada en el análisis de medios, la disciplina de moda. 

Cuando Sergio Schoklender era kirchnerista –hace unos pocos meses, nomás, hace un suspiro– y manejaba 200 millones de dólares, había múltiples versiones y rumores sobre hechos difíciles de explicar alrededor de la Fundación. Algunos elementos eran más que rumores: hubo, por ejemplo, una carta abierta de Vicento Zito Lema. Naturalmente, el periodista oficial debía callar, porque si Sergio Schoklender era kirchnerista hablar hubiera sido causarle un daño irreparable a la patria. Y entonces no habló. Miró para otro lado, dejó caer los indicios. Es su función. ¿Uno se imagina, por ejemplo, a un periodista oficial –o militante, como le dicen– haciéndose preguntas, por ejemplo, acerca del socio de Amado Boudou, denunciado nada menos que por Martín Granovsky? De ninguna manera: Amado es de los nuestros. Se lo protege. Mejor hacerse el sota. Por la patria, por la unidad latinoamericana o por lo que sea. 

Un periodista que empuja, intenta contar historias, simplemente las cuenta. Así lo hicieron quienes reprodujeron la carta de Zito Lema, o distintas publicaciones cuando empezaron a difundir el ostentoso estilo de vida de Schoklender, cuando este aún era un cuadro kirchnerista, y presidía junto con Boudou y Moreno los actos por la memoria histórica de la dictadura en el Mercado Central. 

Ojo: la condición de periodista oficial no está dada por el lugar donde trabaja cada uno, como la de los otros –más difíciles de definir– tampoco. Es otra cosa. Una cuestión de actitud que se ve, se siente. No hay demasiado que explicar. 

¿Qué hacen los unos y los otros, en cambio, cuando Schoklender cae en desgracia porque se pelea con el Gobierno? El periodista oficial allí sí, se despierta. Como ocurre en todos los sistemas de poder del mundo, al aparecer un arrepentido, alguien que, por las razones que fuere, rompe con la Omertá, hay que desprestigiarlo. Entonces, el periodista oficial, que hasta entonces había sido completamente indiferente ante los indicios de que el susodicho no debía manejar cientos de millones de pesos, se despierta y comienza a difundir denuncias. Que mató a sus padres, que no reconoció a su hija, que está loco, que es un ladrón y todas esas cosas. Parricida, le dice. Uno podría preguntarle: ¿recién te diste cuenta? Pero él reaccionará sin mosquearse: ya lo sabía, pero si el Gobierno decide ponerlo en su lugar, yo lo debo proteger. Y cuando él se desmarca, lo debo atacar. A él y a cualquier medio que les dé cabida a sus declaraciones. ¿Cómo le dan cabida a este hombre?, se preguntará indignado el periodista oficial, como si la cabida no se la hubiera dado, en realidad, su gobierno. Hará eso. 

Por las Madres, Por la lucha contra la impunidad. Por el juicio y castigo a los culpables. 

Ajá. 

Para seguir con un ejemplo que jamás se va a dar: ¿se imagina usted lo que dirían los periodistas oficiales si mañana cualquiera de los integrantes del gabinete, por ejemplo el ministro de Economía, rompe los códigos? No va a ocurrir. Pero, ¿se imaginan? Todo lo que no se dice hoy, se dirá entonces: que su socio, que su frivolidad, que Puerto Madero, que el Audi, que aquella fotito con el asesino de Mariano Ferreyra. 

Del otro lado, la actitud es, naturalmente, distinta. Se investiga lo más a fondo posible a Schoklender y también a sus denuncias contra el Gobierno, como se hacía en la década del noventa con cualquier arrepentido de un hecho de corrupción. Se intenta entrevistarlo, se expone sus ideas y se las discute. Y, sobre todo, uno se hace preguntas, algo que el periodista oficial prefiere que no ocurra. 

¿Quién fue el que decidió que Schoklender manejara 1.200 millones de pesos? ¿Realmente nadie conocía en el Gobierno su nivel de vida? ¿A cambio de qué todo el mundo hacía como que no pasaba nada? ¿Quién desprotegió de esa manera a las Madres de Plaza de Mayo? ¿De Vido, López, Fatala, el mismo Kirchner, son totalmente ajenos a todo lo que pasó? ¿Eran –son– tan ingenuos, como para ser engañados por alguien que, a priori, merecía ser vigilado, y más aún cuando habían existido señales de alarma? ¿Quién lo protegió durante todos estos años? ¿Por qué? ¿Es una garantía –como dice Hebe de Bonafini– el juez Norberto Oyarbide, o merece ser puesta en duda su ecuanimidad? 

¿Eh? 

El periodista oficial intentará por todos los métodos posibles que el hecho quede encapsulado en el arrepentido: es el único corrupto. Se lo protege cuando es parte del sistema de poder, se lo lapida cuando rompe con él. Parricida, se le dice. Y entonces aparecen todos los dedos del mundo para señalarle las miserias que antes se cubrían. 

Insisto: no es nada novedoso. Así funciona el poder en todos los lugares, en todos los tiempos. Lo novedoso es que quienes operan de esta manera pretendan que no se vea lo que hacen. 

Aunque la democracia es bárbara porque cualquiera puede decir cualquier cosa. 

Por otra parte, el periodista oficial es una especie que siempre existió y existirá, tiene un poder de adaptación que sorprendería a Darwin y su estudio de las especies. 


La semana pasada, el Foro de Periodistas Argentinos difundió una encuesta donde un millar de colegas de todo el país, entre otras cuestiones, contaba quién era su referente como periodista. Los primeros dos puestos, con una diferencia enorme con el tercero, les correspondieron a Jorge Lanata y Nelson Castro. La inmensa mayoría de los votos fue dirigida a colegas que hacen una profesión de fe de sus posturas críticas respecto de este gobierno y de los anteriores, todos ellos profesionales que han sido muy agredidos por el multimedios oficial. Está claro que la mayoría de los periodistas, en cierta medida, pensamos como siempre. 

A mí me preocupa, en cambio, el mensaje que se les transmite a los más jóvenes, sobre la necesidad de contemplar los intereses de un gobierno –o de cualquier poder– antes que las historias que a un gobierno –o a cualquier poder– molestan. Además, en momentos donde hay –y habrá– tanto trabajo para quienes no saquen los pies del plato, se corre el riesgo de unir lo útil a lo agradable. 

Por eso, quizá sea cada vez más necesario discutir estas cosas, no callarlas, porque el poder que hay del lado del poder, valga la redundancia, es muy poderoso. 

Más allá del bombardeo en contra del periodismo, siempre alguien va a entender que nuestro trabajo trata de cualquier cosa menos de destacar todo lo que el poder hace bien y dedicarse a desmerecer cualquier opinión crítica. 

Y la utopía de nuestro laburo, justamente, consiste en marcar aquellas cosas que a los poderosos, que tienen tanto poder, y cada vez más poder, valga la redundancia, les amargan la vida un poquito, un segundo al día, un pequeño minuto al año. 

De jodidos, nomás.

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