Primarias abiertas. Lo que se dice y lo que se omite

Posted on 11 agosto 2011

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Ejercicio democrático y encuesta nacional: las dos caras de las primarias abiertas.

Las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias del próximo 14 de agosto cumplen lo que parece una regla de oro de los cambios jurídicos de las reglas del juego político: su importancia práctica suele radicar en aspectos diferentes a los que constituyen el propósito de sus impulsores.

Hay que decir que la nueva reglamentación tiene un sentido y una importancia que excede a las consecuencias de su aplicación en la primera elección nacional bajo su vigencia. Lo que está en el centro de la nueva normativa es el fortalecimiento de los partidos políticos como estructuras fundamentales de la democracia; las primarias obligatorias –núcleo principal de la ley- alientan la confluencia de fuerzas políticas afines y desincentivan la proliferación de partidos que no alcanzan relevancia alguna. La reglamentación del uso equitativo de los espacios publicitarios de los partidos en los medios de comunicación tiende, por su parte, a evitar las asimetrías que generaba la desigual capacidad económica de partidos y candidatos.

Las candidaturas presidenciales serán 8, lo que constituye un avance en la dirección de una mayor confluencia y concentración de la “oferta electoral”, respecto de los 13 que se presentaron a la anterior elección presidencial. La encendida preocupación en distintas fuerzas de menor volumen en el sentido de que la reforma tendía a reinstaurar el bipartidismo no se verificó. A menos de un mes de las primarias, existe una visible incertidumbre acerca de cuál será la fuerza que ocupará el lugar de desafiante principal del oficialismo en octubre; el radicalismo no aparece claramente distanciado del resto de las fuerzas de oposición.
Los partidos menores no han sido borrados del mapa electoral. No sufrirán otra proscripción que la que provenga del voto (o más precisamente del no voto) de los ciudadanos. Por el contrario un sector de la izquierda clásica habitualmente disperso y de muy bajos porcentajes de votos ha registrado el estímulo de la nueva regulación y concretado una inédita alianza entre fuerzas que, en general, ocupaban buena parte de la campaña en diferenciarse y antagonizar mutuamente. Ciertamente es probable que alguna de las fuerzas que participarán en las primarias no llegue al piso legalmente requerido para presentar en octubre su fórmula presidencial. Pero ¿puede llamarse proscripción al hecho de que un candidato que no reúna un 1,5% de los votos válidos en una primaria obligatoria no pueda aspirar a competir por la presidencia de la Nación? 

Ni bipartidista ni proscriptiva, la ley no ha logrado, hasta aquí, el propósito de que el voto ciudadano en las primarias defina entre eventuales candidaturas alternativas dentro del mismo partido o coalición. Es un claro caso en que los comportamientos estratégicos neutralizan los incentivos y las restricciones de una regulación institucional. No cabe, en este punto, reproche alguno ni a la ley ni a los actores políticos: sería absurdo y antidemocrático que la ley obligara a que hubiera más de un candidato por fuerza política para dirimir la cuestión en una elección primaria. De todos modos, pierden fuerza las impugnaciones a la designación de un candidato “a dedo”, cuando cualquier otro adherente del partido o la alianza del caso hubiera podido proponer su candidatura alternativa. Es un derecho que en este caso no se ha ejercido para las presidenciales pero que está a disposición para otras elecciones.

Sin embargo, la importancia de las primarias del 14 de agosto ha cambiado de lugar. Ya no se trata de la definición de candidaturas internas de las fuerzas que participan sino de la información que proveerán sobre el verdadero estado de cosas en materia de preferencias electorales. Será, dicen algunos, una gran encuesta nacional; otros sostienen que es el verdadero primer turno electoral y, como tal, permitirá que la elección de octubre sea utilizada como segunda vuelta. Son claros los motivos: el escrutinio de las primarias dirán cuál es la fuerza opositora que ha alcanzado más peso electoral y eso permitirá una eventual confluencia de votos no kirchneristas a su alrededor. 


Duhalde y Ricardo Alfonsín ya están haciendo girar buena parte de sus intervenciones públicas en torno de esta cuestión. Los analistas de los medios de comunicación hegemónicos irán poniendo el grueso de su artillería en esa posibilidad estratégica que proveen las primarias. Procuran que se dé en los hechos la coalición antikirchnerista que no se forjó en los acuerdos interpartidarios. Es curioso el argumento en boca de quienes lo enuncian: quienes acusaron sistemáticamente a los gobiernos antikirchneristas de promover una polarización artificial entre los argentinos, la impulsan ahora del modo más desaforado. 

¿Puede la estrategia polarizadora tener éxito? Hay una primera incógnita a develar que es, justamente, el resultado de las primarias. Una audaz abstracción aritmética llevaría a pensar que las posibilidades polarizadoras aumentarán proporcionalmente a la distancia entre el segundo y el tercer candidato más votado el 14 de agosto. Hasta ahora las encuestas no anuncian una distancia demasiado grande, no solamente entre dos sino entre cuatro o cinco propuestas opositoras. Pero como se ha demostrado, las encuestas pueden fallar; o puede haber cambios con el correr de los días hasta la realización de las primarias. Aritméticamente, el tema está abierto. 

A pesar de los dichos y autodesmentidas de Duhalde, no es probable que la polarización sea facilitada por el

 “renunciamiento patriótico” de alguno de los eventuales candidatos de la oposición. Eso sería dejar a la intemperie a una frondosa lista de candidatos a todos los niveles y a los militantes y operadores que lo rodean: para los profetas de la política sin partidos, eso no sería un gran costo pero los actores de la política realmente existente siguen requiriendo de personas que le provean base territorial a sus empresas electorales. La polarización, entonces, será tarea de los electores o no será. Por supuesto que habrá que contar con el peso de la presión mediática a favor del más votado de los opositores en agosto. 

Cualquiera sea la realidad desde el punto de vista aritmético, el principio central de la polarización es que lo más importante no sea quién gane sino que pierda el gobierno. Dicho gráficamente será necesario que para un radical sea mejor la perspectiva de que gane Duhalde antes que Cristina. O que para un peronista no kirchnerista, Alfonsín sea preferible a la presidente. Esta situación no es imposible. Tampoco tiene mucho sentido el esbozo de una crítica ética a este comportamiento; significa solamente elegir el “mal menor” desde el punto de vista del votante. 

¿De qué depende que se haga efectiva en octubre? Fundamentalmente de la relación entre la perspectiva de futuro de los votantes y el encono que alcance su relación con el gobierno. O sea, cuanto mayor sea el antagonismo con Cristina, menor será la preocupación por el eventual desempeño del eventual receptor del voto en el ejercicio de la presidencia. 


El país llega a esta elección en circunstancias que nadie medianamente objetivo puede caracterizar en términos de crisis o de incertidumbres e inminencias de grandes catástrofes. Aquí radica uno de los puntos débiles del impulso polarizador. Desde esta columna se ha rechazado siempre la adjudicación a los medios de comunicación del poder plenario para crear cualquier clima a partir de una situación dada. Siempre se ha sostenido desde aquí, por ejemplo, que el dramatismo del conflicto agrario no fue absolutamente “inventado” sino estimulado intensamente por los medios a partir de realidades de disconformismo de los sectores medios que preexistieron al episodio y se habían expresado ya en las presidenciales de octubre de 2007. Es decir que la cuestión del clima no está en manos exclusivas de las grandes empresas mediáticas. 

Si esto es así, una de las variables clave para pensar cómo llegaremos a la elección de octubre es la coherencia práctico-discursiva del mensaje de la fuerza que gobierna. Buena parte del ambiente en que votaron los porteños estuvo caracterizado por el estallido de importantes conflictos en el interior de la coalición que sostiene al gobierno. No significa una concesión al operativo de destrucción de los movimientos de derechos humanos puesto en escena por la derecha mediático-política, reconocer visibles despropósitos en el modo de funcionamiento de los emprendimientos de la fundación de las madres; mucho menos que el lamentable episodio del Inadi no fue inventado por el periodismo sino a circunstancias de una pelea interna cuyo contenido sería muy bueno aclarar. 


El fondo de estos problemas, ya se ha dicho aquí, es la heterogeneidad de la coalición gobernante y la dificultad de muchos de sus componentes para procesarla. Tal vez lo que esté haciendo falta es una dinámica política interna que dé lugar al examen crítico de la experiencia para que ese examen no sea reemplazado por el mucho menos constructivo “pase de facturas”.
Las primarias abiertas son un avance de la democratización del sistema político. En este caso serán además una escena política en sí misma, cuyos resultados terminarán de conformar el cuadro previo a la elección presidencial de octubre.

Por Edgardo Mocca, para Revista Debate

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