La Cámpora y la cultura menemista

Posted on 10 mayo 2011

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Una mirada de la controvertida “Campora”

Por Gabriel levinas


Un grupo de hijos de, con amigos de, han logrado en poco tiempo conmocionar el mundo de la política ocupando espacios de poder y presupuestos públicos para consolidarse como el recambio del kirchnerismo.

Militancia, trabajo, dos palabras con mucho en común. Aprendí que en ambos casos se comienza desde abajo, desde lo más simple, y casi siempre lo menos divertido.

A los 15 años, tenía las tardes libres y decidí trabajar en la empresa de mi padre. Mi esperanza era poder rápidamente dar órdenes, llevar a la práctica mis ideas modernas y beneficiosas. La vieja manera de dirigir el negocio que tenían mi padre y sus hermanos había dado frutos, aunque yo consideraba que no lo suficiente. El mundo estaba cambiando y los viejos no lo entendían.

Cuando me presenté con todo mi entusiasmo un lunes a las dos de la tarde, papá me acompañó al sótano, me llevó con el jefe de expedición y éste me puso a hacer paquetes sin ver la luz del día durante todo el resto de la tarde. Así pasé los primeros cuatro meses, trayendo las prendas y envolviéndolas. Yendo y viniendo durante horas por los pasillos abarrotados de mercaderías.

Cuando Pedro, mi jefe, un buen tipo, severo, le avisó al viejo que yo estaba trabajando bien, se me permitió ver la luz nuevamente y acompañar al chofer de una de las camionetas a repartir esos paquetes a los clientes de la capital y el Gran Buenos Aires. Bajaba y subía del vehículo con los remitos firmados.

Para hacerla corta, fui conociendo lentamente durante esos años todas y cada una de las secciones de la empresa, desde la moldería hasta las ventas. Jamás llegué al escritorio con secretaria que tanto deseaba.

Antes de que eso fuera posible me fui a trabajar por mi cuenta.

Paralelamente comencé a militar en un partido de izquierda. El arranque fue parecido. Yo, joven y arrogante, creía saber exactamente lo que le convenía al país, pero no podía llevarlo a cabo, tenía que buscar la manera, dificultosa por cierto, de convencer a mis compañeros de célula para que las ideas suban un escalón más arriba y fueran consideradas. No era fácil.

En nuestro grupo discutíamos cultura, éramos pintores, gente del arte y de la música. La plataforma del partido se nutría de las ideas de cada una de esas células, y todos discutíamos todo.

Algunos, muy pocos, trabajaban tanto dentro del partido que no tenían tiempo para ganarse la vida. Los demás aportábamos de nuestros sueldos para su manutención.

Aunque los mirábamos con cierto recelo, debían justificar tal honor.

Conocíamos casos de los partidos hermanos donde alguno llegaba a concejal, incluso a diputado y donaba la mitad de su salario a su partido.

También circulaban sospechas de algún viejo militante que al final de la ruta, al acercarse a una pequeña cuota de poder, metía la mano en la lata. Raro, pero pasaba.

Hoy La Cámpora se propone como el semillero de donde surgirá el recambio en el liderazgo del proyecto nacional y popular que encarna el kirchnerismo.

Y el semillero, como tal, es por demás extraño. Al pibe en lugar de mandarlo al sótano lo mandan de movida a ocupar un cargo en el directorio. En lugar de enseñarle a producir, le pagan un sueldo que obtiene del Estado para militar en un proyecto político partidista.

Cobran sueldos de organismos estatales para realizar actos políticos tendientes exclusivamente a la consolidación del poder.

No hay plataforma, los militantes hablan permanentemente de proyecto y modelo. No hay dónde leer más de una carilla que explique el significado de tales palabras.

El propio Jaime, símbolo de la corrupción del kirchnerismo, es tesorero de la sección cordobesa, parte de un grupo que pretende diseñar el futuro de nuestro país. Desde el inicio nomás se emparienta con lo peor de la política.

El número uno de La Cámpora, Larroque, es subsecretario de Reforma Institucional para el Fortalecimiento de la Democracia. Reemplazó a Marta Oyhanarte, quien cumplía una excelente labor al frente del organismo que es, casualmente, el que debe aplicar el libre acceso a la información pública.

Marta fue brutalmente desplazada junto con otros funcionarios y empleados, algunos de ellos fueron literalmente patoteados y ahora la Secretaría funciona como un tapón a la transparencia que debe cuidar.

Los datos que dan cuenta del número de militantes que fueron incluidos en alguna nómina estatal es difícil de corroborar, justamente por la imposibilidad que desde la misma Cámpora se alienta para los organismos estatales: impedir el acceso a la información.

Trecientos muchachos pusieron en Aerolíneas, donde el hijo de Recalde es el presidente; como buen hijo de rico gasta más dinero del que tiene NUESTRA línea de bandera. Nadie ve trabajar a los 300, aunque hay quienes dicen haberlos visto votar en alguna asamblea. Otros fueron a parar a la Anses, a la legislatura o a la Corporación Puerto Madero.

Recientemente, tras la muerte del coordinador de Deportes en la Ciudad Universitaria, lo reemplazaron, y él nuevo, de una, metió 15 profesores más de la organización.

Cientos de jóvenes que básicamente cobran por militar. Otros, más grandecitos, han conseguido puestos que difícilmente hubiesen conseguido si no fuesen “hijos de” o “enviados por”.

Los líderes inauguran filiales de La Cámpora en la Ciudad de Buenos Aires y en todo el país más rápido de lo que consiguen adeptos; son lo mismos que alientan en grotescas fiestas —choripán de por medio — teatralizaciones de mal gusto, subestimando al público presente con luchas simbólicas entre pingüinos y gorilas, con guiones y finales absolutamente previsibles. Como son militantes, ellos lo llaman chicanear. Para el vecino común, es simplemente una agresión.

Ésta es la manera que tiene el casi siempre presente subsecretario Larroque, de fortalecer la democracia.

Por momentos parecen más barrabravas que políticos. No es así, claro, cuando se los ve sentados en los restaurantes de Puerto Madero: ahí hacen recordar al grupo “sushi” de la época de De la Rúa.

Éste es el proyecto, el semillero que intenta formar a los futuros dirigentes del modelo nacional y popular, quienes también manejan la Secretaria de Justicia de la Nación. Tal vez son una metáfora que sirve para explicar muchas de las cosas que la maniatada justicia no puede. Este proyecto juvenil está reproduciendo lo que la justicia oculta. La naturalización de una nueva moral. Esa verdad de Perogrullo que dice que corruptos son todos, que esto es Latinoamérica, pero por lo menos hicieron esto y aquello. Enfrentaron al monopolio.

Este tipo de argumento —cada vez más esgrimido— no hace más que estamparnos en la cara una terrible realidad: La Cámpora es simplemente una evidencia más de la consolidación de la cultura menemista. Cultura que nos legó la idea de diluir los actos de corrupción en el mar de una sociedad corrupta, en el “todos lo hacen”, en el “siempre fue así”.

Y a estos jóvenes dirigentes, futuros ministros y hasta presidentes, se los entrena en la más perversa forma de acumulación de poder.

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