Nada de eso cambia el dato duro. Más riqueza que nunca. Más pobreza que en casi cualquier otro período. Ocho años después.

Posted on 29 abril 2011

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En los próximos días se cumplen ocho años desde la asunción de Néstor Kirchner, en medio de una fiesta de optimismo en la Casa Rosada.

La economía crece y con ella las reservas, el desendeudamiento y, sobre todo, los votos y el consenso. Como ocurría en el 2007, las elecciones que se avecinan parecen, más que el inicio de un período presidencial, el de una era política. Casi todo el poder político está de un solo lado.

No hay amenaza militar, ni amenaza económica seria, ni oposición estructurada, ni liderazgo interno desafiante al poder oficial. Todo este fenómeno –que transforma al sector político hegemónico en el más poderoso que tuvo la historia de la democracia argentina– se ancla en un proceso macroeconómico realmente espectacular y su contundencia tiende a ocultar un elemento que echa una sombra muy importante sobre él.

No hay ninguna consultora independiente, ni siquiera las cercanas al oficialismo, que calcule el porcentaje de pobres de este modelo en menos de una cuarta parte de la población. Cercanos o lejanos al Gobierno, todos los análisis coinciden en que el 25 por ciento de los argentinos, por lo menos, está por debajo de la línea de pobreza. A ocho años de iniciado el nuevo “modelo”, esa ya es una característica dura que su propia lógica no sólo no ha modificado sino que ha consolidado.

Fuera de todo fanatismo y propaganda, tan habituales en las lógicas de construcción política, lejos de los discursos encendidos y las banderas en alto, ocho años después ese número se ha transformado en el punto más débil del así llamado modelo de inclusión.

Desde la década del setenta, la cantidad de pobres en la Argentina viene aumentando en un movimiento de serrucho ascendente. Sube mucho en los picos de las crisis económicas, baja en los momentos de bonanza, vuelve a subir en las crisis y luego baja, pero siempre consolida niveles superiores que el piso anterior.

Esto vale para la comparación con la década del noventa donde había una cantidad de pobres menor –en los buenos años, previos a la recesión que se acentúa en 1998– y también un PBI menor que el actual, es decir, ahora hay más riqueza y más pobres que entonces. Es obvio que hay más trabajo, que el país no se encamina hacia una crisis, que los trabajadores tienen más poder para negociar y que existen montones de virtudes en comparación, muchas de las cuales se deben adjudicar al Gobierno. Pero nada de eso amortigua los efectos de esa comparación, de ese contraste, de esa distancia infinita entre el discurso y la realidad, que se manifiesta realmente dura de modificar. Hay más riqueza que en la década del noventa. Y, al mismo tiempo, hay más pobres que en los años de expansión e igual cantidad que en los años de crisis de aquel decenio.

La convivencia entre esos procesos en apariencia contradictorios –la inédita creación de riqueza con los niveles históricos más altos de pobreza, si se exceptúa la crisis del 2001/2002– se percibe muy bien en dos trabajos que acaba de difundir la Facultad de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad Católica Argentina. Naturalmente, cualquier militante oficialista tiene derecho a descreer de la fuente. Salvo por un detalle. Uno de esos informes revela la potencia impresionante que tiene el actual proceso económico. Se titula:

“La expectativas económicas de los argentinos alcanzan su máximo histórico”.

Y luego desarrolla:

“El 33% de los argentinos considera que la situación económica actual del país es muy o bastante buena, mientras que

el 42% piensa que no es buena ni mala y

el 23% opina que es bastante mala o muy mala.

Las opiniones positivas tienen mayor incidencia en los hombres (36% vs. 30% en las mujeres),

en los entrevistados con educación primaria (35% vs. 29% en los universitarios) y

en la clase baja (40% vs. 23% en la clase alta).

Al analizar la tendencia, las opiniones positivas sobre la situación actual crecen 8 puntos (del 25% al 33%).

En cuanto a las perspectivas para los próximos seis meses, el 34% de los entrevistados considera que la situación económica mejorará,

en tanto que un 43% opina que permanecerá igual y

un 17% que empeorará.

Las opiniones positivas aumentan entre los entrevistados más jóvenes (39%), entre quienes poseen educación primaria (37%), y en el GBA (41%)”.

Es decir, hoy son muy pocos los que creen que van a estar peor, muchos más los que piensan que su situación mejorará y los pobres ven la situación mejor que los ricos. Si bien las opiniones positivas nunca superan el 35 por ciento, las negativas son mucho menores y nunca las primeras fueron tan altas y las segundas tan bajas.

Pero frente a tanta impresión de bonanza, la misma fuente, en otro trabajo, calcula la pobreza entre el 26 y el 30 por ciento. Es decir que el crecimiento beneficia a todos, pero deja casi sin tocar la peor herencia de la década del noventa. Para colmo, en los últimos cuatro años el porcentaje de pobres aumentó en lugar de bajar.

El Gobierno, en este contexto, difunde las bondades del plan de asignación por hijo, que “ya llega” a casi cuatro millones de argentinos. Junto a la estatización de las AFJP, esa ha sido quizás una de las dos grandes medidas de este período. Y es natural que el Gobierno haga publicidad con ella. Lo que no deja de ser curioso es que se la presente como un hecho casi revolucionario cuando se trata, en realidad, de un módico paliativo para los defectos más dolorosos del “modelo”.

No sólo el kirchnerismo tardó siete años en estructurar un plan social serio. No sólo lo hizo luego de una enorme presión de la oposición, la Iglesia y sectores de la prensa. Además, que el diez por ciento de la población necesite ser asistida con dinero refleja la situación social actual.

Una familia de cinco hijos recibe 1.100 pesos al mes: es infinitamente más que nada, pero –ocho años después del proceso de crecimiento más espectacular que se recuerde– parece más un espejo de la injusticia que la llegada a una patria libre, justa y soberana.

En cualquier caso, es muy difícil saber cuánta responsabilidad tiene el Gobierno por esta situación. Esto es, por toda esta situación. El crecimiento de la economía, las altas cifras de pobreza, el desendeudamiento, la inflación, ¿en cuánto se producen gracias a Néstor y Cristina –como los llaman sus fans–, a pesar de ellos, independientemente de ellos? Es lógico que los kirchneristas sostengan que el crecimiento es gracias al “modelo” y la pobreza un defecto que ya vamos a solucionar. Y que los opositores sostengan que el crecimiento es sólo por viento de cola, y la pobreza es culpa del Gobierno que no sabe controlar la inflación.

Nada de eso cambia el dato duro. Más riqueza que nunca. Más pobreza que en casi cualquier otro período. Ocho años después.

Igual, son detalles menores.

Los importante es, ¿cómo dicen?, ah sí, que todo esto nos lleva camino a la victoria final y definitiva.

Lo otro son detalles, fríos números

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