Entrevista a R. Alfonsín, a ver… Parte II

Posted on 20 abril 2011

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“Macri encarna los 90”

El radicalismo se siente más cerca de llegar a la Casa Rosada. Junto al socialismo, el GEN y peronistas disidentes, imagina un ballottage con Cristina donde la oposición se una.

—¿Cuál es su relación con Magnetto?

—Lo vi tres veces en mi vida. Una vez en AEA (Asociación Empresaria Argentina), otra en Clarín, donde estuve charlando un rato largo sobre lo que preocupaba, que era la Ley de Medios. Y después lo vi en Adepa.

—¿Qué haría con la Ley de Medios si fuera presidente?

—El Gobierno utiliza bastantes banderas nobles para ocultar las segundas intenciones. Con un discurso que pretendía democratizar la comunicación, envió un proyecto de ley cuyo único efecto era controlar la comunicación. Hay que dar un debate de los medios de comunicación, pero eliminaría todas las normas que pudieran poner en riesgo la libertad y el ejercicio de la comunicación. Eso es peligrosísimo.

—Y sobre el fondo de la cuestión, ¿que nadie tenga una posición dominante?

—Existe la ley de la competencia, está la ley antimonopólica. Pero en el fondo, lo que se persigue, lo estamos viendo, es controlar la comunicación. Ningún gobierno, desde el ’83 a la fecha, tuvo tantos diarios en sintonía como éste. Incluso alguno de distribución gratuita. Ni tantos programas de radio, tantos canales de televisión, sin contar el oficial. Y eso para hablar de la Capital. Tiene que ver lo que es el interior.

—¿Qué haría con la televisión pública?

—Estoy estudiando la posibilidad de pasárselo a las universidades, con participación del Congreso, reservando para el Gobierno un espacio para las noticias. Y un espacio para programas culturales. Pero me gustaría que lo controlaran las universidades.

—¿Con “6, 7, 8”?

—No tendría programas de esa naturaleza. Estoy pagando yo para que hablen mal de mí. Eso solamente en este país se puede aceptar con naturalidad: que exista un programa que pagamos todos para que hablen mal de nosotros.

—¿Lavagna sería un gran articulador de la complementación entre el radicalismo y el peronismo, y a la vez una garantía de continuidad de políticas económicas que él mismo inició?

—Tampoco quiero hacer una invitación a través de los medios que pueda parecer orientada a desmembrar partidos. Es la única persona que voy a nombrar porque hemos trabajado juntos, porque fue funcionario de mi padre, porque lo quiero, por su seriedad y porque respeto mucho sus condiciones personales y técnicas: Roberto Lavagna. Ocurra lo que ocurra, cualquiera sea la decisión que tome, lo voy a consultar permanentemente. Y por supuesto que me gustaría, en caso de que llegáramos al gobierno, contar con Lavagna.

—El radicalismo ya lo aceptó como candidato a presidente. Y él se mantiene en el peronismo, así que podría ser el puente perfecto.

—Podría ser. No quiero ponerlo en ese papel porque es una falta de respeto. Lo que digo es que el peronismo no es homogéneo. Y el Peronismo Federal tampoco. Hay hombres que piensan de una manera y otros que piensan de otra. Tengo muchas coincidencias, comparto muchísimas cosas fundamentales con el pensamiento de Lavagna. Si él decide trabajar con nosotros, puede ser un actor muy importante a la hora de acordar políticas de Estado, a la hora de garantizar condiciones de gobernabilidad, cuando ganemos. Y si hubiera diálogos orientados a eventuales acuerdos en los distritos, Lavagna sí puede ser un hombre que dé garantías a todos. Pero, por favor, digamos que nunca hablé con él sobre esto.

—En uno de estos reportajes, dijo que no quiere volver a ser ministro de Economía, pero sí jefe de Gabinete.

—En su lugar, haría exactamente la misma pregunta. Pero si yo respondiera, cuando me vaya, usted podría quedarse pensando que no soy serio. Y, además, torpe políticamente. Por supuesto que todos vamos a elegir pensando lo que es mejor para el país, y con nuestros aliados.

—¿Se puede decir que, salvo en el caso del PRO, por primera vez hay una enorme mayoría del arco político argentino que coincide con una economía keynesiana, y de cierto grado de intervención del Estado?

—Sí. Después de los noventa las cosas cambiaron. Y me parece que empiezan a aclararse y a haber un consenso mayoritario a favor de una cosa keynesiana, con revalorización del Estado, y tiene que ver también con esto que ocurrió en el mundo.

—Usted dijo que no temía conflictos con Moyano en la CGT durante un eventual gobierno radical porque pensaba aumentar los salarios. ¿Cómo hará?

—Aumentar los salarios no dije. Dije que proyectar lo de la década de los 80 treinta años después, sacándolo de contexto, era inadecuado. Son otras las economías, otros los actores, otra la cultura política, otros los problemas que tenemos. A veces me preguntan: ¿vos harías lo que hizo tu padre? Y yo contesto: ¿qué habría hecho él, con este contexto, en aquellos años? Es una pregunta que no tiene demasiado sentido sacada de contexto. Digo que no vamos a tener problemas porque desde el 2003 es más difícil no crecer que crecer en la Argentina. Nunca el mundo fue tan favorable para la Argentina. No sólo por el valor de los productos primarios, y por la presencia de China y de India, por la regulación tecnológica y todo lo demás. Pero con el crecimiento no alcanza. Debería saberlo el Gobierno.

—¿No habrá conflictividad con la CGT porque la situación económica es tan promisoria que cualquiera sea el gobierno no habrá tensión?

—No. Si nosotros hiciéramos lo que hace este Gobierno, en los próximos años sí podríamos tener problemas. Porque con el crecimiento solo no alcanza. Hay que transformarlo en desarrollo. Para ser más concreto: hemos crecido a tasas chinas durante una serie de años que no tiene precedente en el siglo XX, y sin embargo la educación pública está peor. La salud pública ni la seguridad han mejorado después de ocho, nueve años de crecimiento. El trabajo en negro sigue clavado en el 38%. La pobreza, desde el 2007, empezó a crecer. Como nosotros vamos a transformar el crecimiento en desarrollo, vamos a mejorar la educación, la salud, la seguridad, vamos a combatir el trabajo en negro, industrializar el país. Y si algún irresponsable pretendiera manejarse como herramienta de un partido político para generar problemas al gobierno e ingresar al poder, todos hemos aprendido a convocar a la propia sociedad.

—Cuando le hacen esta pregunta acerca de su padre, ¿están orientándolo a hablar de la hiperinflación?

—Sin mala y con mala intención. Algunos, porque incurren en una simplificación de razonamiento. Y otros, sobre todo los más politizados, con mala intención.

—¿Qué piensa de la inflación?

—Nadie sabe más que nosotros de esto. No solamente lo que representa en términos económicos, sociales, sino también en términos electorales. Todavía no lo sufrió el Gobierno, pero lo va a empezar a sufrir. Es un problema muy serio desde todo punto de vista. Y la primera condición para resolverlo es reconocer que existe, reconocerla como un problema, que es lo que no hace el Gobierno. Y después, aplicar políticas orientadas a reducirla: monetarias, fiscales, cambiarias, políticas de ingreso. Estamos estudiando la experiencia chilena para hacer una propuesta sobre este tema a la sociedad. Cuando el gobierno de la Concertación lo sucede a Pinochet, la inflación era del 28%. En cuatro años la redujeron al 8% y pico. Y en esos años, la economía creció al 8% anual promedio. O sea que no es cierto que proponerse reducir la inflación tiene que ver con la necesidad de enfriar la economía. Además, la inflación conspira contra la posibilidad de inversión a través de la cual queremos generar más fuentes de trabajo. Y agregar valor. Y exportar más divisas. O recibir más divisas a partir de la exportación.

—¿Para consolidar el crecimiento es necesario bajar la inflación?

—Y para hacerlo socialmente más virtuoso y más sostenido en el tiempo. Otro de los problemas que tiene el Gobierno es que no ha industrializado al país. No ha tenido una visión del país. Hay que recorrer y ver lo que pasa en el interior. La cantidad de obreros industriales que existe hoy en la Argentina es la misma que en la década de los noventa. O menos. El peso del sector industrial es inferior a la del año 2007, 2006, 2004 incluso. Debemos industrializar al país a partir del desarrollo de la PYME.

—¿La inflación es…?

—Un obstáculo absoluto. Porque introduce un ingrediente de incertidumbre en la economía que hace que los cálculos de los inversores se compliquen.

—¿Qué es el progresismo?

—Es un término demasiado teórico que todavía no se traduce en políticas concretas. La política es la actividad que tiene por objeto organizar la sociedad, pero de manera tal que cada uno de sus miembros pueda vivir con dignidad. Y si se agravia la dignidad del hombre no se le garantizan las condiciones materiales para que esa libertad pueda ser ejercida. Desde la derecha, o desde los sectores más conservadores, dicen que existe una tensión irresoluble entre libertad e igualdad, y que si la política o los gobiernos se involucran en la búsqueda de la igualdad, terminan agrediendo la libertad.

—¿Esa visión es la que tendría el PRO?

—Absolutamente. Por ejemplo, uno de sus principales pensadores, Gary Becker, premio Nobel de Economía, decía que para permitir la inmigración había que hacer licitaciones, y que la demanda de órganos debía resolverse como en el mercado. Los pensadores de derecha dicen que la igualdad es como la felicidad: un asunto personal, cada uno debe procurarla por sus propios medios, como pueda conseguirla, no debe meterse en la política a buscarla. La igualdad es lo mismo, es un asunto personal, alcanza con que algo no esté prohibido para que esté garantizada la libertad de hacer ese algo. Yo digo que no, que a veces la sociedad se organiza de manera tan injusta que hace que sea imposible que se dé esa libertad.

—El radicalismo también tiene su ala derecha; ¿esa idea suya es compartida por todos en el radicalismo?

—La mayoría, sí. Yo no diría ala derecha e izquierda; diría centro y centroizquierda. Puede ser que haya algunos dirigentes que son radicales por esa idea de fuerza del radicalismo que tiene que ver con lo republicano, con las instituciones, con la tolerancia ante quien piensa diferente, la libertad y la garantía individual.

—¿Cobos volverá a la política con un cargo importante?

—Probablemente me encuentre con él la semana que viene y le voy a pedir, y estoy seguro de que va a aceptar, trabajar para la Unión Cívica Radical. Cuando decidió volver al partido, yo tuve una conversación con él y me dijo, después de la fractura de la alianza del Gobierno: “Quiero volver a contribuir a reparar el daño que ha venido sufriendo el partido. Es una institución que hay que preservar. Si soy un obstáculo para esto, por supuesto, me abstengo, pero si puedo contribuir…”. Por supuesto que le dije que sí, que debía hacer muchas cosas. No había razones para dudar de que su regreso fuera sincero, así que se lo voy a pedir, aunque no creo que sea necesario que se lo pida porque él tiene vocación. Y estoy seguro de que va a cumplir un rol muy importante en la tarea de construcción política y en la gestión. Yo lo quiero a Julio, tengo buena relación; es más: creo que tengo una mejor relación con Julio que con Ernesto. Aunque nos hemos enfrentado más con Julio que con Ernesto.

—¿Tanto Cobos como Sanz integran dentro del radicalismo el ala más de centro y centroderecha?

—No lo considero así. Con Julio vamos a ponernos a trabajar en los equipos y cuando Néstor Kirchner lo convocó, lo hizo porque lo consideraba un hombre progresista. Sigo creyendo que es un hombre comprometido con una visión igualitaria más democrática de la Argentina. Debemos tener alguna diferencia, seguramente, de cómo se construye eso. Con Ernesto compartimos el núcleo duro identitario de la Unión Cívica Radical. Puede haber también alguna diferencia de estrategias electorales respecto de instrumentos o de conceptos, pero de ninguna manera tiene Ernesto una visión que pueda ubicarse a la derecha.

—¿Sanz también es progresista?

—También es un hombre del progresismo.

—Parte del conflicto que tuvo la Alianza no se debió a su unión con otro partido, sino a las diferencias dentro del mismo radicalismo: el ala progresista que representaba su padre no veía la vida de la misma manera que un ala más de centroderecha que representaba De la Rúa.

—No. De ninguna manera los problemas que hubo en el gobierno de la Alianza, y eso sí que es una simplificación del proceso complejo que tuvo que enfrentar Fernando de la Rúa, tuvieron que ver con contradicciones dentro del partido.

—Fernando de la Rúa tenía una mirada de la economía de los 90 similar a la que usted critica de Macri.

—Porque era un hombre más de centro y él creía que en ese momento, después de todo lo que había pasado en los 90, no podíamos fijarnos un objetivo demasiado ambicioso porque no estaban dadas las condiciones económicas, sociales ni políticas. Creo que, incluso, se equivocó porque pensaba que no estaban dadas las condiciones para salir de la convertibilidad. Además, tuvo mucha mala suerte porque si hubiera tenido el precio de los productos primarios que existieron a partir del 2003, todavía estaría gobernando el radicalismo.

—¿El peronismo se encamina a partirse en un ala de derecha y un ala de izquierda; en esto que vemos hoy de kirchnerismo y otra de derecha?

—No es así tampoco. No toda la izquierda está en el kirchnerismo; hay hombres muy de derecha que están en el kirchnerismo y en el Gobierno. Y hay hombres que no son de derecha que están en el peronismo disidente. Las contradicciones propias del peronismo se registran en el Frente para la Victoria y en el peronismo disidente. No es tan homogéneo, ni tan ideológicamente consistente.

—Cuando dice que no hay riesgo de que el radicalismo se fracture, ¿es porque hay riesgo?

—Lo he dicho porque lo dicen algunos medios que no están acostumbrados a lo que es la vida de un partido; están acostumbrados a manejarse con otro tipo de institución. Esto no es una empresa, ni un regimiento, ni un cuartel; acá no hay un orden jerárquico, las cosas se discuten y hay contradicciones respecto de instrumentos, estrategias electorales. Entonces, sentía la necesidad de decir “quédense tranquilos”. Somos una cultura política no demasiado sofisticada, entonces vemos estas discusiones como prolegómenos de una eventual ruptura, cuando siempre hemos discutido en el partido. Es más: cuando todavía estábamos en internas con Ernesto decían: “Se recalienta la interna radical”. Y nunca había visto una interna tan tranquila, desde el ’83 a la fecha. Salvo esos amigos que dicen esas cosas que siempre existieron, pero nunca las dijo Ernesto.

—¿Qué piensa de las críticas al funcionamiento del partido que hizo Cobos en el reportaje del domingo pasado?

—En primer lugar, diría que si queremos que las críticas produzcan correcciones, que se queden adentro del partido. Pero no soy el dueño de la verdad. Y en segundo lugar, diría que no comparto las críticas que hizo acerca de la estrategia electoral.

—Dijo que se va a presentar para ser delegado y que va a hacer política partidaria.

—Me alegro y estoy seguro de que vamos a trabajar juntos. Su visión acerca de lo que ha pasado en los últimos tres meses en el partido la respeto, pero no la comparto. Es más, le dije: “Julio, no podemos esperar a agosto”. No soy dueño de la verdad, pero hasta que no me demuestren que estoy equivocado, no cambio mi manera de pensar; de la misma manera actúan los demás.

—¿Cómo le explica al lector que el partido lo proclama candidato y Sanz dice que va a ir a las primarias obligatorias de agosto?

—Está bien que vaya. Lo mismo habría pasado con Julio si Ernesto no se hubiera bajado. Esta interna tiene un valor político, pero no es jurídicamente vinculante.

—¿Sanz consumió mucho capital político al haber propuesto primero hacer las preinternas y luego bajarse?

—En esta sociedad la memoria es muy corta, pero aunque se conservara en la memoria no creo que eso pudiera afectarlo. Tiene mucho para hacer, y eso convalidará el prestigio que tiene como candidato.

—Si Cristina fuera candidata en las primarias del peronismo, Macri en las del PRO y usted en las del radicalismo, ¿esas primarias no serían una formalidad?

—Van a pretender atribuirle el valor de una encuesta. Pero si no hay competencia dentro de los partidos, no se le debe atribuir porque, como ya está consagrado el candidato, puede haber desinterés en la gente, y el que tiene más recursos, que es el partido del Gobierno, va a movilizar mucho más para que la interna opere como un espaldarazo. Lo van a hacer si pueden.

—Con la experiencia de las elecciones internas del Peronismo Federal, ¿habría sido bueno para el radicalismo llevar adelante las del 30 de abril?

—Sí, si no, no lo hubiera aceptado. Esperar a agosto era caer en la trampa que muchos denunciaron, que el calendario electoral había sido fijado para beneficiar al Gobierno, porque sesenta días era muy poco tiempo para hacer campaña, hacer conocer las propuestas, los candidatos, la agenda internacional, los principales programas. Todos lo decían. Ahora, critican las internas del 30; que se pongan de acuerdo.

—En el esquema de alianzas, ¿cuál sería el lugar de Carrió y la Coalición Cívica?

—Pienso si hicimos algo que pueda haber ofendido a la Coalición Cívica, algo que justifique una decisión como esa. Y como no hicimos nada, soy optimista y pienso que pueden regresar. Pueden ser un actor importante en la política argentina, pero no podemos hablar de en qué lugares cada uno en particular.

—Así como ve muy difícil que Proyecto Sur vuelva al radicalismo, ¿no ve tan difícil que vuelva Carrió?

—Se va a enojar Lilita conmigo porque digo esto, pero creo que es algo que podemos considerar. Por supuesto, bajo algunas condiciones.

—En el caso de que el radicalismo gane, ¿cómo imagina a Cristina Kirchner en enero del año próximo?

—Qué pregunta. Imagino que descansará un tiempo y luego, paulatinamente, regresará a la política, a una actividad que tal vez tenga que ver con el Congreso.

—El kirchnerismo, ¿es un fenómeno coyuntural? ¿O cuando no esté en el poder logrará construirse como un campo político permanente?

—Espero que no se ofendan los dirigentes del kirchnerismo, pero si fueran reemplazados en el poder, se iría debilitando cada vez más.

—Usted dijo: “Cristina dice las cosas a medias”. Quizás a los lectores les quede de este reportaje la misma impresión de usted respecto de las alianzas.

—Sí

.

—Me gustaría darle la oportunidad para completar si dijo algo a medias.

—No. Hay cosas que dichas a medias son mentira. Cuando Cristina dice, por ejemplo, que acá la banca privada otorga sólo crédito para consumo y no hay créditos hipotecarios, lo que no dice es que con esta tasa de inflación es muy difícil que haya créditos hipotecarios a mediano y largo plazo. Pero a veces se dicen las cosas a medias porque hay que ser reservado, y en ese caso no se está mintiendo. No es lo mismo una mentira que la reserva. De todas formas, no he ocultado nada. Cualquier política de alianza tiene que ser acordada entre el GEN, el socialismo, el radicalismo. Si no hay acuerdo entre ellos, no van a prosperar.

“Desde que tengo 30 años me dicen ‘Dolly’, por la oveja clonada”

—Usted usa la oficina que era de su padre, su secretaria, varios de sus colaboradores, sus gestos políticos, su tono, su apariencia… ¿No teme que lo afecte psíquicamente?

—Uso la oficina de mi padre, no sus colaboradores. Soy amigo de los amigos de mi padre, no todos los colaboradores de mi padre están conmigo. No uso sus gestos, no uso su tono de voz: por cuestiones genéticas podemos tener los mismos gestos y la misma voz que tenemos todos los hermanos. Además, no es que use su bigote: a los 18 años tenía barba, a los 19 años me la saqué, me dejé los bigotes y nunca más me los saqué. Es una cosa que ni se me pasa por la cabeza. Algunos amigos en el partido dicen: “No es el padre”. Yo no tengo ningún problema, sé que no soy mi padre; los que tienen el problema son los que creen que soy mi padre. Nada más me fastidia a veces, pero, bueno, qué le voy a hacer; hay cosas mucho peores.

—¿Seguro que en ningún momento hay alguna autosugestión?

—No. No es una cosa de ahora, siempre me lo dijeron, desde que tengo 30 años, más o menos. Incluso me decían ‘Dolly’, por la oveja clonada, cuando empezaba recién a militar por la quinta sección electoral. Le digo más: mi madre, a veces, en tono de reproche, porque la vida con un político es muy difícil, me decía: “Sos igual a tu padre”.

—Al ver que los demás ven en usted la imagen de su padre, y al verse reflejado en ese espejo que ellos le devuelven de usted, en el que usted es su padre, ¿no se le hace un poco de lío en la cabeza?

—Ya me acostumbré, lo superé. Incluso, decían: “En los discursos lo imita”. No tienen ni idea de qué están hablando. Cuando digo un discurso, me apasiono. No hay nada más inapropiado para imitar que la situación que se vive en un discurso.

—¿Lo inquieta la frase “yo soy otro”, de la famosa poesía de Rimbaud, que usó Lacan?

—Todos los hijos tenemos una gran admiración por nuestro padre, todos hemos sido formados con los mismos valores, las mismas ideas. De manera que no es extraño que la gente, cuando me escucha hablar, identifique los valores que están detrás de todo lo que digo con mi padre. Eso es natural, uno lo adquiere. Ahora, si soy parecido físicamente, si tengo gestos parecidos, si tengo la voz parecida, ¿qué quiere que haga? A veces me fastidia cuando lo utilizan con mala leche y a veces me da gracia, pero no tengo ningún problema de esa naturaleza. Le voy a decir más: un hombre no es solamente valores, principios y aspecto físico; es mucho más, es temperamento, es inteligencia, es sensibilidad, es carácter, y no me parezco en muchas de esas cosas a mi viejo. Jamás hice una competencia porque el padre de uno no forma parte de las personas con las que uno podría competir.

—¿Por qué no dice cuáles son esas diferencias, así los electores no se forman una expectativa equivocada?

—Es como hacer un strip-tease psicológico. La gente cree que él era un chinchudo, y creo que yo soy menos; eran otros momentos también.

—Creo que la gente percibe eso.

—Sí, pero lo traducen mal. Algunos, con mala leche. Creo que él era más inteligente que yo, por lo menos, en su inteligencia política.

—Marque lo positivo a su favor.

—Uno tiende a idealizar a los padres. Capaz que no, pero creo que soy más ‘abuenador’.

—¿Mejor para construir alianzas y frentes?

—No. El viejo, en determinadas situaciones, era más calentón. Yo tengo más aguante en algunas cosas. Ahora, cuando reacciono, lo hago como quien acumuló durante mucho tiempo.

—¿Qué le diría a un votante qué le preguntara qué va a hacer diferente a su padre?

—Las políticas, por supuesto, porque los contextos se modifican. Pero no habría diferencias: él ha sido muy respetuoso. Yo me enojaría también con muchos porque soy respetuoso, pero exijo respeto hacia a mí. A veces hay que enojarse, pero no ser rencoroso. Papá no era para nada rencoroso. Y quiero aclarar lo de la inteligencia, porque uno idealiza a los padres: no he encontrado ningún hijo que me dijera que es mejor que el padre. Incluso los que han tenido más éxito que el padre dijeron: “Porque yo tuve esto, porque mi viejo me dio todo esto que él no tuvo”. Hizo bien en aclarar que marcara “lo positivo” a mi favor. Pero yo no puedo decir que soy mejor que mi padre.

—Va a ser un tema.

—Sí, va a ser un tema. Después de la presidencia va a terminar.

—¿Qué reflexión le merece que los dos principales candidatos de los dos partidos más tradicionales hayan multiplicado geométricamente su intención de voto con la muerte de un familiar? En su caso, la de su padre; en el caso de Cristina Kirchner, el marido.

—Son cosas distintas. En el caso de Cristina, fue como un chivo expiatorio. La gente tuvo la sensación de que ahí empezaba a gobernar ella. Y como ocurre cuando las cosas comienzan, se le dio cierto crédito. También es cierto que ayudaron el consumo, la mejoría económica, los defectos de la oposición. Con relación al caso del partido y del viejo, creo que tiene que ver con el contexto. Si el fallecimiento del viejo se hubiera producido…

—Diez años antes.

—En 2000 no habría ocurrido lo mismo. Se produjo en un contexto muy particular, en el que la gente valoraba que veníamos de un conflicto severo con el campo, veníamos de los problemas con las instituciones, de una etapa de mucha confrontación, crispación. Y también se produjo el 25º aniversario de la democracia, y durante cuatro meses se estuvo debatiendo lo que había sido la transición, se comprendió todo lo que había tenido que enfrentar aquel gobierno. Ya nos venían diciendo los encuestadores que había un crecimiento de la imagen de Raúl Alfonsín, pero en ese contexto, al producirse la muerte, se lo valoró.

—Siguiendo esa idea de que a la Presidenta le mejoró la imagen porque fue como si empezara allí su presidencia, ¿le va a durar menos que a usted la corriente de simpatía?

—Lógico, eso se pierde. El efecto que tuvo papá sobre la recuperación del partido también se va a perder. No vamos a vivir siempre de la emoción que generó el fallecimiento.

—Pero en su caso, el efecto parece bastante longevo.

—En ambos. Sí creo que el viejo sigue militando post mórtem. Y Néstor Kirchner también.

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