“…es difícil saber de qué lado está el bien y de qué lado el mal”

Posted on 7 abril 2011

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NEWSWEEK
Por Martín Caparrós

Banquito

En el conflicto de Clarín es difícil saber de qué lado está el bien y de qué lado el mal.

Quién pudiera tener esas certezas. Quién pudiera estar en alguno de esos bandos, subido a algún banquito.

Desde banquitos te dicen que es un atentado intolerable contra la libertad de prensa en la Argentina, y no paran de hablar de algo que llaman democracia. Desde banquitos te explican que es un conflicto sindical, nada muy grave, y empiezan a hablar de cualquier otra cosa: la sangre de los chicos Noble, por ejemplo.

Quién pudiera. Quién pudiera decir, por ejemplo, en La Nación, que “lo que sucedió anteanoche fue la más grave agresión contra el periodismo libre desde 1983, dispuesta por la cima de un poder político sin medidas ni límites”. Quién pudiera contestar, por ejemplo, en Tiempo Argentino que el hecho de que esos “voceros levanten ahora la ‘libertad de expresión’ para aplastar el derecho sindical al reclamo es un gesto de barbarie intelectual, rayano en el clasismo salvaje del siglo XIX”.

Los leo y me desespero, porque me parece que los que dicen que es un atentado intolerable deben tener razón, pero no dicen que Clarín no permite que sus trabajadores formen comisiones internas –y, cuando las forman, los echan.

Pero también me desespero porque los que defienden heroicos la libertad de agremiación deben tener razón, pero llevan ocho años sin darle la personería a uno de las agremiaciones más numerosas de la Argentina, por ejemplo: la CTA.

Y también porque Clarín, gran defensor de la libertad de expresión, es el mismo que, cada vez que sale un diario nuevo que no es suyo, trata de ahogarlo apretando a los avisadores para que no le pongan publicidad –lo cual es más brutal, bastante más brutal que pararse en la puerta, aunque supongo que legal según las leyes del capitalismo de mercado.

Y también porque los mismos oficialistas y oficiales que ahora están tan preocupados por el conflicto balbucean cuando les preguntan por qué el conflicto lleva casi siete años, porque no pueden contestar que durante cuatro de esos siete el gobierno era tan amigo de Clarín que no solía presionarlo para que aplicara justos derechos sindicales. (Gran momento de televisión, este lunes: el ministro Tomada alabando la lucha sindical de los delegados de Clarín frente al delegado de Clarín Luis Siri, y el delegado contestándole que él y sus compañeros se sintieron abandonados por el ministerio; risas nerviosas, frases de compromiso).

Pero, aún así, los discursos funcionan, me interpelan: estoy de acuerdo en que no se puede parar la salida de un diario, estoy de acuerdo en que no se puede impedir que los trabajadores se defiendan. Escucho los argumentos de uno y podría estar de acuerdo, y escucho los del otro y podría estar de acuerdo. Son gente sólida, preparada, segura de lo que está diciendo. Me gustaría tanto –me aliviaría tanto– poder estar a favor de alguno de ellos, saber dónde está el bien y dónde el mal. La vida es mucho más fácil cuando uno sabe dónde está el bien y dónde el mal. En busca de esa facilidad la gente se hace religiosa, patriota, hincha de fútbol.

Por eso sigo pensando quién pudiera subirse a los banquitos, perorar con verdades, libertades, grandes palabras de alguna moral. Los envidio –de verdad los envidio–: quién pudiera tener esas certezas más o menos férreas, más o menos ciegas. Es tan bueno tener certezas, saber cómo es el mundo, poder catequizar –y ser coherente con lo que uno dice. Y es tan buen negocio tener certezas: podés venderlas bien en el mercado de certezas –los medios, la verdulería, los empleos, las prebendas– y siempre hay gente que te quiere por tus certezas, lo firmes, lo bien expresadas, lo valientes que son.

Yo no lo logro, últimamente, y me desespero más porque no quiero situarme en el medio, no quiero pensarme neutral, templado, calmo; al contrario, me gusta embarrarme, embanderarme. Lejos de mí postular que hay dos demonios y que quiero mantenerme equidistante. No quiero, y además en este caso creo que hay uno solo, el mismo tipo de demonio: unidades de negocios y poder que se pelean por un solo queso a gritos de principios. Unos argumentan con la distribución de la riqueza que nunca se cruza con sus negocios, otros con la libertad que sólo sostienen cuando no se les cruza algún negocio. Unos se cargan el discurso de la libertad de prensa usándolo desde el poder de quienes nunca la respetaron; otros se cargan el discurso de la libertad sindical usándolo desde el poder de quienes nunca la promovieron: dos patotas que se pelean por pedazos del pastel y lo cuentan como si estuvieran a punto de salvar al mundo de la invasión de los marcianos.

Y encima los dos te miran con odio o con pena si no apoyás sus argumentos, si no te alineás del lado donde, sin duda, anida la verdad justo antes de lanzarse en proceloso vuelo. No es mentira, no es ironía barata: de verdad me gustaría ser uno de ellos. Mi vida, palabra, sería mucho más fácil.

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