Venían por todo, desaparecer, eliminar, robar y destruir. Todo para hacer un país de pocos…

Posted on 30 marzo 2011

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EL 24 Y SU PLAN

Por Iván Heyn

Permítanme empezar por el final: el 24 de marzo de 1976 fue el inicio de un plan sistemático que buscó construir y consolidar una Argentina para pocos. Así como suena, así de literal, y así de trágico.
El modelo de crecimiento económico instaurado en nuestro país desde mediados de la década del 40 tuvo al desarrollo como premisa, entendiendo que para esto necesitaba generar riqueza a partir de complejizar su estructura productiva.
Uno de los objetivos del primer gobierno de Perón fue que la Industria basara su crecimiento en la innovación, la tecnología y por lo tanto pagara a sus trabajadores mejores salarios. Ese modelo económico permitió que Argentina despliegue capacidades productivas en todas las ramas industriales: naval, aeronáutica, ferroviaria, siderúrgica, electrónica, y de exploración de energía nuclear. Todo esto tuvo un resultado: convertir a nuestro país en la sociedad con mejores niveles de vida de toda América Latina.


Pero hagamos un poco de historia. La argentina era una economía que crecía fuertemente, pero que necesitaba importar insumos industriales, energía, maquinarias y equipos para no detenerse, pues lo único que exportaba eran productos agropecuarios, y por lo tanto, cuando las importaciones superaban a las exportaciones la falta de dólares “obligaba” a una devaluación, lo que encarecía el costo de vida de la población y generaba una puja entre sindicatos y empresarios para recomponer el salario de los trabajadores.
Esta dinámica conflictiva obligaba, a mediados de los 70´, a convertir a nuestro país en una plataforma de exportaciones industriales para el resto del mundo. Y este fue el eje de la economía encabezada por el peronismo a partir del 73 con la recuperación de la democracia. La idea que había que vender a quien quisiera comprar generó que se explorasen mercados en la Unión Soviética y China, entre otros.


Lo cierto es que las elites locales nunca vieron con buenos ojos el proceso de industrialización, ya que en ese modelo de crecimiento no había un lugar “exclusivo” para las rentas agropecuarias y financieras y por lo tanto, si querían ganar plata, tenían que invertir, innovar e incorporar tecnología y -como en toda democracia- negociar con los sindicatos. A este cuadro de presión constante, se sumaron los intereses de EEUU, quienes no compartían la idea de que los países latinoamericanos estructuraran economías independientes. El ejemplo está claro: ya habían reprimido el intento de Salvador Allende en Chile y rápidamente, a partir del 76, avanzaron sobre el resto de América Latina, aunque la represión Argentina fue la más salvaje ya que se buscó, además, destruir este proceso de desarrollo.


La combinación de los intereses locales e internacionales buscó a través de la tortura, la desaparición forzada de personas, y la apropiación de bebes, un disciplinamiento social que, acompañado con la desindustrialización y endeudamiento, dejaron a nuestro país de rodillas durante casi 30 años en los cuáles cada año hubo más pobres, más excluidos, más emigrados, menos derechos, en síntesis: un plan sistemático de destrucción de una Argentina para todos.

A partir de 2003, con mucho esfuerzo, este proceso comenzó a revertirse, se abandonaron las lógicas de sumisión a los organismos internacionales, se recuperó un modelo de crecimiento que garantiza el desarrollo de la industria sin perjudicar al agro, se redujeron los márgenes especulativos de renta financiera, se desendeudó el país y todo esto se hizo sin reprimir, aumentando la inversión en educación, devolviendo derechos perdidos y consagrando otros nuevos.

En este 24 de marzo de 2011 tenemos que recordar que en esta tierra se silenció a toda una generación, se cometieron delitos de lesa humanidad, pero que tenían también como trasfondo un atentado contra nuestra independencia económica.

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