La hegemonía cultural. Alfonsin, menemato, Nestor…

Posted on 21 marzo 2011

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La hegemonía y las corrientes de la cultura

…Me parece que la mentada hegemonía kirchnerista se reduce a esto: no hay, hoy, un lugar culturalmente atractivo desde el cual ser antikirchnerista.

Al decir que la política es hegemonía, Gramsci estaba diciendo que la política es, no sólo economía y sociedad, sino también cultura (antes que Gramsci, lo había dicho Aristóteles. Pero bueno, Aristóteles dijo todo antes que todos, así que no hay sorpresa ahí.) Un movimiento político debe hacer más que crear ciertas condiciones económicas y sociales para trascender. Debe interpretar, o inclusive crear, un cierto clima de época, un zeitgeist. Debe interpelar a la sociedad desde un lugar de complicidad cultural, de atractivo, de deseo en definitiva. A esto me refiero con ser lograr ser culturalmente atractivo.

El temprano alfonsinismo fue cool. En 1983, era cool ser alfonsinista. De manera típicamente radical, Alfonsín supo interpretar mucho mejor las necesidades culturales del momento que las necesidades económicas o políticas. Magdalena Ruiz Guiñazú, Víctor Heredia, los jóvenes de la Juventud Radical y la Coordinadora, Tato Bores en la TV, Terragno y Portantiero escribiendo los discursos, Mercedes Sosa volviendo del exilio, las revistas de la época hablando del destape. Todo esto conformó la hegemenía alfonsinista. Y gracias a eso, por un momento, aún los que no eran radicales, aún los que militaron en contra, fueron culturalmente alfonsinistas. Por eso los jóvenes que se afiliaron en masa a la Franja Morada en esa época manejaron la UBA por 15 años más.

Y el peor error del peronismo en estos años fue no haber reconocido esa nueva realidad cultural, ese nuevo mapa cultural. A la nueva cultura de la democracia le pusideron enfrente a caras y discursos que hablaban a una época distinta. Que hablaban como si fuera 1966 y el rock nunca hubiera sucedido.

Una década después, el menemismo supo interpelar brevemente a la sociedad, o a un segmento de ella.

Sí, hay que hacerse cargo de que, por un breve tiempo, fue cool ser menemista, porque había en sectores amplios de la sociedad un deseo de Miami, de Versace, de glamour. Un deseo de dejar atrás los trajes de sarga azul de la burocracia estatal radical y los teléfonos a disco de Entel y pasar a … bueno, a otra cosa. A la revista Caras. A las galas de Gente. A las fiestas de Punta del Este. Beatriz Sarlo, que tiene sin duda un buen olfato para oler los cambios de las corrientes culturales, lo supo, por eso publicó Escenas de la Vida Posmoderna, cuyo primer capítulo transcurre en un shopping. Y yo recuerdo las conversaciones de mis compañeros de oficina, en un breve interludio que tuve de pasante en el ministerio de trabajo cuando era ministro Caro Figueroa, en las que discutían minuciosamente los méritos comparativos de los shopping Abasto, Unicenter y solar de la Abadía, con una pasión que otros reservan para las capitales medievales. Esta fue la hegemonía cultural neoliberal, podríamos decir.

Asi también, muchos sospechamos que el menemismo estaba acabado el día que nos dimos cuenta de que se había salido de sincronía cultural. Cuando ser menemista se puso rancio, ajado, patético. Cuando las barbies menemistas dejaron de ser rubias despampanantes para ser cincuentonas con demasiadas cirugías, demasiada agua oxigenada y trajecitos demasiado cortos. Supimos que algo había cambiado cuando el hecho cultural más importante del mes era quién tocaba en la Carpa Blanca. Cuando nuestros amigos estudiantes de cine, que no sabían el nombre de un solo ministro del gabinete, se iban espontáneamente al Buenos Aires No Duerme de Franja Morada, no una sino todas las noches. (La Alianza, a propósito, ganó la batalla cultural por goleada pero perdió todas las demás. Lo que nos debe hacer recordar que a García Canclini hay que seguirle sumando Cardoso y Faletto.)

Hoy, sin embargo, parece ser difícil construir un antikirchnerismo culturalmente atractivo. No es difícil ser antikirchnerista, pero sí serlo de una manera que genere deseo de imitación cultural.

El antikirchnerismo hoy es poco atractivo culturalmente. Como el PJ en 1983, las figuras que encarnan la cultura antikirchnerista no sólo son viejas sino que son poco atractivas, carecen de sincro cultural con la época; dato éste que desespera, entre otros, a Julio Blanck. Muchas veces, las figuras culturales antikirchneristas, aún sus jóvenes, repiten además los temas y los tonos del discurso contrahegemónico, cínico y antipolítico, que campeó durante los noventa, lo que los hace parecer curiosamente nostálgicos por una época que la mayoría preferiría no repetir.

Lo más cerca que hubo a una hegemonía cultural antikirchnerista fue la coagulación de la idea de “campo” en el 2008. En ese momento, recuerdo ver caminar por el centro de Buenos Aires una sucesión de muchachos jóvenes vestidos con bombachas, alpargatas y unas boinas grandes como rueda de arado en la cabeza. No duró, sin embargo, y habría que preguntarse por qué.

Y, por otra parte, el kirchnerismo tiene, hoy, su propia coagulación cultural. Que no es, creo, la que todos piensan; no es 678 y Teresa Parodi y Florencia Peña, o es más que eso y otra cosa. Son los carnavales de Florencio Varela, en donde se juntaron 50.000 personas sin que saliera en un sólo medio capitalino. Es el Nestornauta creado por militantes. Es el cartelito que tenía una señora que ví en la fila para entrar en Casa Rosada el 27 de octubre pasado que decía “Néstor, gracias por la juvilación.” Son, también, los jóvenes que estuvieron en Huracán y a los cuales vio Sarlo de cerca.

Por supuesto, las olas de la cultural son cambiantes y bien puede cambiar todo en un par de meses. Para hacerlo, la oposición debería, tal vez, preocuparse un poco menos por quiénes irán en las listas y un poco más por ubicar adónde estarán sus héroes culturales.

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