Consumo, luego existo…

Posted on 2 marzo 2011

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Los mensajes del consumo

Guillermo Oliveto
Para LA NACION

Durante el año pasado, los argentinos compraron 2.3 vehículos 0 km… ¡por minuto! A saber, 660.000 autos y 550.000 motos. Un total de 1.210.000 unidades.

En promedio, uno cada diez hogares.

En una sociedad que construyó su identidad bajo la impronta de la movilidad social ascendente, el 0 km -símbolo por antonomasia de la autonomía de movimiento- tiene múltiples significados, pero hay uno que sintetiza todos los demás: “Llegué”.

Para llegar fue necesario desplazarse de la posición original. Moverse. Si “llegué”, es porque “puedo”. Si puedo, tengo poder. Por lo menos, poder de compra. En un año crucial para el futuro de la Argentina, a sólo ocho meses de las elecciones presidenciales, cabe preguntarse ¿de qué manera el poder de compra afectará el mapa del poder político?

El récord histórico en ventas de 0 km no fue un hecho aislado, sino apenas la expresión más contundente de un fenómeno que merece ser analizado en profundidad: la relación entre el consumo y el comportamiento social. Entendiéndose éste de un modo integral, desde los pequeños hechos cotidianos hasta los proyectos de mediano plazo. Consecuentemente, no puede quedar al margen del análisis su potencial impacto electoral. No como un hecho único y definitorio, pero sí como un factor influyente. Disociar al consumo del resto de las variables que afectan la opinión pública implica subestimar su actual poder, tanto aquí como en el mundo.

Como señala el sociólogo contemporáneo Zygmunt Bauman en Vida de consumo , el progresivo desarrollo del
consumo como hecho masivo, a partir de la industrialización, hizo que dejáramos atrás nuestra condición de “sociedad de productores” para ingresar en la “sociedad de consumidores”. Una dimensión donde, en palabras del punzante pensador polaco, el “pienso, luego existo” de Descartes se ha transformado en “compro, luego existo”.

“La sociedad de consumidores interpela a sus miembros -vale decir, se dirige a ellos, los llama, los convoca, los cuestiona- fundamentalmente en cuanto a su capacidad como consumidores. Los evalúa -recompensa y penaliza- según la rapidez y calidad de su respuesta a dicha interpelación”, dice Bauman.

¿Vive la Argentina actualmente un verdadero “boom de consumo”? ¿Por qué?

Primero, los datos. Comparando 2010 con 2009, y despejando el efecto inflacionario -con mediciones en unidades- la venta de electrodomésticos en general creció 25%; la de televisores, 130%; la de televisores planos, 150%; la de motos, 54% -el 90% de ellas de baja cilindrada, entre 90 y 125 cm3-; la de autos, 28% -los tres más vendidos están dentro de la gama de los más económicos ( Chevrolet Corsa, Peugeot 207 y Volkswagen Gol); la venta de teléfonos celulares, 22%; la de teléfonos celulares inteligentes – smartphones -, 185%; la de inmuebles, 22%; las llamadas por teléfono celular se incrementaron 19%; los viajes en subte, 19%; la venta de juguetes, 18%; la de entradas de cine, 14%; el nivel de actividad del sector de la construcción, 11%; la venta en shopping centers, 12%; la de helados artesanales, 10%, y la de las cadenas de supermercados y autoservicios, 6 por ciento.


Relacionado con este incremento en el nivel de la demanda doméstica, el crédito bancario al sector privado -concentrado en buena parte en dar soporte al consumo- se expandió un 40%, y los bancos emitieron cerca de cinco millones de nuevas tarjetas de crédito, a lo que hay sumarle la emisión de las tarjetas no bancarias, que también fue muy fuerte. La temporada de verano aún no ha concluido, pero sólo entre el 15 de diciembre y el 31 de enero, Mar del Plata recibió cerca de dos millones de turistas.

Los otros centros estivales, tanto en el mar como en la sierra, reportan un muy buen verano con cobertura de la capacidad de hospedaje cercana al 70% durante la semana y próxima al lleno total los fines de semana. Por lo que pude apreciar personalmente, los tradicionales vendedores de playa -helados, churros, agua mineral, gaseosas, choclos, ensalada de frutas- vendían y mucho. Familias con chicos, amigos y parejas; se veían en grupos más grandes y más relajados que el año anterior. Un clima distendido que parecía tener relación directa con una mayor predisposición a meter la mano en el bolsillo.

Desde una perspectiva macroeconómica, el Producto Bruto de la Argentina creció por encima del 8%, la producción industrial se expandió un 10%, las exportaciones llegaron a los 68.500 millones de dólares (+23%), el desempleo se redujo del 9,1 al 7,4%, la recaudación impositiva se expandió un 34,4%, las reservas alcanzan alrededor de 52.000 millones de dólares y las importaciones crecieron un 45%, llegando a los 56.400 millones de dólares y arrojando un superávit comercial de 12.100 millones de dólares.

Podríamos suponer erróneamente que se trata apenas de una mirada de corto plazo, sesgada por la baja performance de 2009, un año en que la economía y el consumo argentino enfrentaron un “póquer de malas noticias”. Gran crisis internacional más fuerte caída de la cosecha por la terrible sequía (-35%) más gripe A (afectó gravemente al turismo y a la gastronomía) sumado a la incertidumbre electoral por los comicios de julio. Si miramos los números de largo plazo, podemos apreciar que la tendencia de una alta propensión al consumo es estructural y creciente, tras la salida de la crisis 2001-2002.

Por citar sólo algunos casos, la venta de los productos más básicos como alimentos, bebidas, cosméticos y artículos de limpieza, que se compran en todos los hogares pero que demandan buena parte del ingreso de los de menor poder adquisitivo -entre el 50 y el 70%-, se expandió un 63% medido en unidades entre 2002 y 2010; la venta de autos 0 km, 580%; las tarjetas de crédito en circulación, 145%, y el nivel de actividad de la construcción, 180 por ciento.

Muchos pueden preguntarse por qué, por lo menos hasta aquí, no se cumplió la previsión de que la inflación frenaría el consumo. La respuesta hay que buscarla en la combinación de variables y en cómo se neutralizan entre sí. Naturalmente, la inflación deteriora el poder adquisitivo. Tal como demostró una reciente encuesta de Poliarquía publicada en La Nacion, el 74% de la población se siente afectada, mucho o bastante, por la inflación. A nadie le gusta que suban los precios. Sin embargo, la gente siguió comprando.

La primera explicación hay que buscarla por el lado del empleo. No es lo mismo darle pelea al incremento de precios con trabajo que sin trabajo. El desempleo está nuevamente en los niveles de 2008. Los salarios, en mayor o menor medida, han ido acompañando el cambio en los precios, con mayores ventajas para los empleados bajo convenio que los fuera de convenio. Pero los fuera de convenio han podido aprovechar una ventaja que les dio el mercado. Una buena parte de ellos tienen acceso a una tarjeta de crédito y a las múltiples ofertas, promociones y descuentos que los bancos y comercios han generado para “anabolizar” el consumo y sostener su crecimiento. Además, al ver que en 2010 el “póquer de malas noticias” de 2009 quedaba en el pasado, lentamente fueron perdiendo el temor a perder su empleo (71% cree que su trabajo es seguro, 11 puntos más que el promedio del mundo, según el último relevamiento global de Ibope), que había restringido su vocación por comprar durante 2009. Para los independientes y cuentapropistas, la mejora en la actividad económica general también los ayudó a equilibrar las cuentas. Las cosas cuestan más, pero ellos también facturan más.

En los sectores de clase media, el incentivo al ahorro no es de los más altos, dado que, en general, las opciones más clásicas son percibidas como “perdedoras” frente a la inflación. Sin dudas, quienes más afectados se ven por la inflación es ese 25% de la población que se ubica por debajo de la línea de la pobreza -dato de Cifra, centro coordinado por un profesional de Flacso- y que no cuenta con ninguno, o casi ninguno, de los elementos compensatorios de los restantes estratos sociales. La asignación universal por hijo, aún viéndose afectada también por la suba de los precios, se ajustó hacia fin de año y fue un paliativo que, sumado al resto de los planes sociales en vigor, dio cierto oxígeno.

Al momento de construir hipótesis no podemos abordar el análisis sin contemplar que la Argentina es una “sociedad
fragmentada” desde hace 20 años. Actualmente, el 10% más alto de la pirámide (hogares según ingreso promedio individual) concentra el 32,9% de los ingresos, y el 20% más alto, el 50,3% de los ingresos. El 10% más bajo se queda con el 1,5%. La brecha entre los dos extremos, que es de 22 veces, era de 15 veces al comenzar la década del 90. En mayo de 2002, se llegó a un pico de 30 veces. Tal como lo señalara el sociólogo Eduardo Fidanza en una reciente columna de este diario, la Argentina encierra “varias Argentinas” (en su opinión, cuatro) “que conviven e interactúan de manera circular”.

En lo que hace al consumo, podríamos dividirla en tres grandes grupos. Un primer 25% constituido por los niveles más altos con cierta holgura económica y diversidad de posibilidades; un segundo grupo, el 50%, que hoy también tiene fuerte consumo, pero con mayores restricciones, que debe optar permanentemente, y un tercer grupo de 25% con fuertes restricciones y un consumo acotado a lo más básico.

Todas ellas votarán el 23 de octubre un nuevo presidente. A la hora de colocar su voto en la urna, en ese momento definitorio, acompañado por la soledad del cuarto oscuro, ¿cuánto pesará en la decisión de a quién entregarle el poder político la posibilidad de incrementar, mantener, reducir o perder el poder de compra? La sociedad de consumidores tiene la palabra.

http://www.lanacion.com.ar/1354080-los-mensajes-del-consumo

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