Bienvenidos a la Argentina que quiere mauri…

Posted on 1 febrero 2011

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LA VERDADERA IDEOLOGÍA DEL JEFE DE GOBIERNO PORTEÑO

El conservadurismo neoliberal de los ’90 regresa de la mano de Macri

Por Hernán Brienza
Periodista, escritor y polítologo.

Reducción del gasto público, achicamiento del Estado y el fin de la política de redistribución de la riqueza son los ejes principales que se esconden detrás de las promesas electorales. Quiénes son sus popes intelectuales.

 


Un Estado mínimo. Política de libre mercado como en los años noventa. Represión de la protesta social callejera y mayor gasto en seguridad. Una economía sin redistribución de la riqueza. Una gestión basada en la discriminación a los inmigrantes de países limítrofes. Reducción de la edad de imputabilidad de los menores. Regresión en el camino de la despenalización del consumo de marihuana. Disminución de las cargas sociales para las empresas, reforma impositiva en desmedro de la seguridad social sin que crezcan los gravámenes a las ganancias extraordinarias, eliminación de las retenciones y un aumento de las tarifas públicas.

Estas son algunas de las ideas que, retaceadas durante meses, finalmente hizo públicas Mauricio Macri en una entrevista realizada por el diario La Nación. Bienvenidos al regreso de la Argentina conservadora que gobernó estas tierras hasta diciembre de 2001.

Envueltos como peludo de regalo en un papel coqueto y moderno, Macri desnudó sus verdaderos pensamientos ideológicos y anunció algunas de las principales medidas políticas y económicas en caso de que gane las elecciones presidenciales de octubre de este año. De la lectura atenta de las cosas que dijo y las que omitió decir en esa entrevista, cualquiera puede darse cuenta de que en este 2011 dos modelos antagónicos de país se enfrentan, y que de esa contienda depende el futuro y el bienestar de millones de argentinos.
Porque en esa entrevista, luego de un manojo de buenas intenciones sobre educación, salud e igualdad de oportunidades, el actual jefe de gobierno porteño comenzó a desgranar sus ideas:

* Que “el eje esté desde la justicia en defender a la gente de bien. El que comete un delito no puede circular libremente… Recuperar el rol social y el respeto por las fuerzas de seguridad. Eso se logra con mejores sueldos, mejor equipamiento, mejor preparación y más control sobre la policía.” Interesantes declaraciones, porque en sus palabras se esconden sólo dos clases de personas: “las de bien” y “las de mal”. Se trata de un esencialismo moral despojado de los elementos sociales y contextuales. Quien comete un delito es el único responsable y no hay otras razones que la decisión “individual” de quien decide libremente convertirse en una persona “de mal”. Y Macri es consciente de esta diferencia, por eso reafirma: “Lo más importante es cambiar el enfoque político.” Es decir, abandonar las visiones garantistas y contextualistas de los últimos años por un derecho penal coercitivo y estigmatizador de la pobreza y la delincuencia.

* En el párrafo siguiente establece que el Estado va a “estar presente y va a garantizar las libertades de todos y la regla va a ser que no se pueden cortar (las calles). Y la excepción muy extraordinaria es que se puede tolerar un corte en la búsqueda de una solución alternativa… El juez tiene que intervenir y yo apoyaría la decisión del juez, no la discutiría.” “¿Qué piensa de la política para que las fuerzas de seguridad vayan desarmadas a las protestas?”, pregunta el periodista. “No estoy de acuerdo. Necesitamos que la policía sea respetada y apoyada por su comunidad”. En buen cristiano, Macri dice que no va a tolerar la protesta social con cortes de calles y utilizará la represión policial como método de disuasión y control.

* Llevado a un terreno farragoso como el de la política inmigratoria, Macri eludió contestar con precisiones y sólo se animó a decir que la Argentina necesita una ley que organice la inmigración. Y ante la posibilidad de apelar a las “deportaciones”, respondió: “Lo mismo que el resto del mundo. Lo que corresponda en cada caso. No tengo más nada que agregar sobre el tema.”

* Jugosas y ejemplificadoras resultaron las definiciones sobre las políticas de distribución de la riqueza. Macri opinó: “El Estado es el que distribuye la riqueza. Aquel que emprende, desarrolla su pyme y la hace crecer, cada vez vende más, gana más y paga más impuestos. Si el Estado despilfarra esos impuestos en lugar de utilizarlos para mejorar la calidad de la educación, no hay distribución.” Como el jefe de gobierno porteño elude una definición certera, con buen tino los periodistas repreguntan: “¿Hace falta una mejor distribución de la riqueza?” Y él responde: “Yo quiero un crecimiento y que la gente lo sienta. El despilfarro en el gasto público no ha ido a mejorar la calidad del transporte, a mejorar la calidad de la salud pública, la educación, la seguridad.” Es decir, vuelve a evadir la pregunta ¿Por qué? Sencillo. Porque Macri no cree en la distribución ni en la redistribución de la riqueza por cuestiones estrictamente ideológicas.

* “–¿Impulsaría algún cambio en el sistema impositivo?
–Tenemos tres problemas: la evasión, la regresividad y el entorpecimiento del crecimiento de las pequeñas empresas. Hay que pensar que entre el IVA, las cargas sociales, ganancias, impuestos provinciales y municipales, del salario la gente llega a cobrar un 45 por ciento menos. Eso empuja a que las pymes no tomen gente o la tomen en negro. Hay que hacer una reforma impositiva, bajar la evasión, cobrando impuestos no regresivos, como es Ganancias. Lo que yo voy a hacer es bajar los impuestos al trabajo y el IVA. Hay que hacerlo con gradualidad.
–¿Hay que subir el impuesto a las ganancias?
–Hay que bajar el nivel de evasión.”

* El párrafo de preguntas y respuestas va textual porque es interesante descubrir la verdadera intención de las palabras de Macri. No le preocupa exactamente el poder adquisitivo del trabajador. Lo que le interesa es precisamente la carga social del empresario, pilar básico del sistema solidario de jubilaciones y obras sociales, por ejemplo. Hay que recordar que, justamente en el proceso de flexibilización de los años noventa, fue Domingo Cavallo quien redujo los aportes patronales, lo que produjo un desequlibrio solidario y concluyó en el sistema de AFJP. Y cuando se le repreguntó sobre el aumento a las ganancias, respondió tirando la pelota afuera. Ergo, no habrá mayor presión impositiva sobre Ganancias. Para que no queden dudas, aporta más novedades: “Vamos a eliminar todas las retenciones, salvo las de la soja, que lo haremos en un plan gradual de cinco años.” Es decir, ni aumentos a Ganancias ni a las rentas extraordinarias. Más adelante aporta una solución alternativa. ¿De dónde sacará recursos? “Las tarifas (de los servicios públicos) tienen que tener un equilibrio con la inversión. Hoy están retrasadas. Habrá que ver, con gradualidad, cómo se va resolviendo”. Es decir, mayor presión sobre el consumidor final. Algo similar a lo que vino realizando en la Ciudad de Buenos Aires con los aumentos de impuestos como ABL o recaudación indirecta vía cobro de infracciones de tránsito

Hasta aquí, el manojo de sueños de Mauricio Macri. Pero como la única verdad es la realidad –chicana política, perdón–, no hay nada mejor que analizar su gestión política al frente del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para conocer sus verdaderas intenciones respecto de la presidencia. La ineficiencia, la inexperiencia, el abandono a su suerte de los sectores sociales postergados, una paupérrima obra pública caracterizada por un deficiente bacheo, el bicing y un Metrobus a realizar, todo eso sin contar la inexistente política de construcción de viviendas, y el endeudamiento público desmedido parecen ser las características salientes de su gobierno.

Y un punto aparte merece la comparación de las políticas reales de Macri respecto de sus intenciones discursivos en materia de Educación y Salud, porque como también dice el dicho –otra chicana–, “mejor que decir es hacer”. En el primer ítem, el presupuesto pautado para 2011, que no pudo ser aprobado hasta ahora, proyectaba la menor inversión de los últimos  diez años para el área pública. Sin embargo, registraba la mayor inversión para el ámbito privado de la década, que incluye, claro, las escuelas religiosas. Lo peor es que la subejecución presupuestaria en Infraestructura escolar en el ejercicio 2010 fue del 56%. Lo mismo ocurre en materia sanitaria. Lo proyectado para 2011 no es la peor de la década: fue superada por el ejercicio de 2008, y la subejecución en infraestructura y equipamiento hospitalario no superó el 35%, según los datos suministrados por la oposición.
Un dato que llama verdaderamente la atención de la política macrista es el endeudamiento público. Mientras Nación y el resto de las provincias protagonizan un inusual proceso de desendeudamiento fiscal para la Argentina, la Capital  duplicó su deuda en menos de cuatro años. Cuando Macri llegó al gobierno, la deuda rondaba los 2600 millones de pesos. Macri la aumentó en 2000 millones de pesos, llegando a una deuda de 4600 millones en lo que va de su gestión. ¿Hay un punto de contacto entre las políticas de endeudamiento del Estado de los años noventa y las de Macri? ¿Es el liberalismo argentino partidario ideológico del endeudamiento del Estado?
Estas preguntas deberían tener una respuesta certera por parte de quienes manejan los fondos públicos y profesan las ideas liberales. Y las contradicciones entre el discurso y la acción también deberían ser atentamente vigiladas y sancionadas por el electorado porteño, tan amante de la sospecha paranoica constante respecto de sus dirigentes. Este año se juegan dos modelos de país. Una decisión equivocada puede hacer retroceder a los argentinos 15 años, como en el Juego de la Oca de la Historia. Y, desgraciadamente, los errores pueden resultar irrevocables. Porque ya lo repitió hasta el cansancio el catalán Joan Manuel Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.” <

* Por último, Macri da una definición histórico-política sobre el modelo de país con el que sueña. Después de asegurar que su sueño es “todo lo contrario” al esquema de los años noventa, dice: “Si el Estado no está presente y no desarrolla la infraestructura social y la infraestructura productiva que hace falta, no somos viables como país. Eso lo tiene que hacer el Estado. Hay un desafío en el desarrollismo moderno que está pendiente; hay que resucitar a Frondizi”.

Repasemos: el frondicismo fue ese intento desarrollista que intentó superar al primer peronismo en función de un crecimiento económico basado en la inversión extranjera, fundamentalmente norteamericana, en petróleo e industria pesada. Si bien en un primer momento contó con la adhesión de los sectores progresistas de la sociedad, la presión militar constante e insoportable trastocó las ideas fundamentales del autor de Política y petróleo, quien debió soportar la imposición de los ministros de Economía Álvaro Alsogaray –un apellido que alcanzó el culmen del reproche moral durante la década menemista–, Roberto Alemann y Jorge Wehbe, quienes luego ocuparían la cartera durante la última dictadura militar. La experiencia frondicista, que tuvo muchos claroscuros, concluyó con un golpe de Estado, pero antes tuvo un manchón importante: el Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado) que abrió las puertas para la intromisión de las Fuerzas Armadas en la represión de los conflictos sociales en una especie de estado de sitio suspendido y permanente que permitía la detención e interrogatorio de opositores.

Para terminar, el video de mauricio donde dice que las elecciones deberían ser a mitad de año. Ahora lo interesante es que lo dice, con un gorro piluso amarillo pro, en una playa sin mar, solo arena y en bermudas. Se entiende el lugar que le da este señor a la política.


Lo que nos espera, señores…



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