Los castigos eternos

Posted on 21 enero 2011

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Por Marcos Mayer

Se celebró y mucho que Videla y Menéndez fueran condenados a pasar el resto de sus vidas en una cárcel común. Como si el lugar de encierro hiciera aún más intenso el castigo. Y para quien conozca las cárceles argentinas esto efectivamente es así. Me tocó estar trabajando en el penal de Devoto cuando fue detenido Silvio Soldán quien, como es práctica en casos de presos famosos, pasó sus días de encierro en lo que se llama una “celda vip”.
Dado que el caso fue muy comentado, les pregunté a varios internos qué les parecían los privilegios de las celebridades. La respuesta fue unánime: “Lo malo no es que ellos estén allí sino el lugar donde nos mandan a nosotros”. Disponer de sanitarios en proporción más o menos adecuada a la cantidad de gente que los usa, poder comer algo mejor que un guiso aguachento en invierno y en verano, disponer de condiciones de higiene más o menos dignas o acceder a la posibilidad de comunicarse con el mundo sin morir en el intento no era considerado por ellos como algo especial sino como lo que debería ser normal  y esperable, porque se supone que el castigo es la pérdida de la libertad y de los derechos civiles durante el tiempo que dure la condena y no que ese tiempo transcurra en medio de privaciones permanentes.


Hay circunstancias que se aceptan como naturales en las prisiones argentinas: el hacinamiento, la violación de los más débiles, la violencia entre los internos. Incluso cada tanto la tele sensacionalista se corre hasta allí en busca de historias que tengan algunos o todos estos condimentos.

Mi tarea en Devoto fue armar, junto a los internos, un periódico, del cual alcanzaron a editarse cinco números, La Paloma, que se había pensado para circular dentro del ámbito de la UBA. En el último de los números publicados aparece una reseña del encuentro que se produjo entre las autoridades del penal y varios de los presos, en el que se discutió la situación tras las rejas. Sin ser por asomo la peor de las cárceles nacionales, en ese momento Devoto estaba sobrepoblada en un cincuenta por ciento de su capacidad. El hacinamiento fue palabra reiterada en aquella reunión y para eso no hubo respuestas, salvo las reflexiones sobre su efecto multiplicador en la violencia dentro y luego fuera de la cárcel.
Es un acto de reaccionaria perversidad  subrayar, cuando se informa algún caso de inseguridad, el hecho de que alguno de sus responsables acaba de salir de la cárcel.

La reincidencia es un fracaso de la política penal y se pretende que, dado que no hay condiciones para que funcione, todas las penas sean perpetuas, como para que el cuerpo del que cae preso sostenga ese fracaso, permaneciendo para siempre en la cárcel. Mientras no se resuelvan estas cuestiones, los antecedentes penales de quien reincide deberían ser información clasificada y no trascender a los medios.
La cárcel tiene algo de abismo. Se traga a todo aquel que entra allí, que se pierde -de un modo muchas veces definitivo- para la sociedad a la que alguna vez perteneció. Nadie quiere hablar de lo que sucede en las prisiones, es un tema que, cuando se debate la tan meneada cuestión de la inseguridad, jamás aparece como si en el imaginario social fuera el lugar donde el problema se esfuma, al menos parcialmente, hasta que un juez “comete el error” de dejar salir a un preso antes de término o cuando el tiempo de una condena expira. O reaparece en su versión trágica, los motines que son una especie de festival siniestro del hacinamiento.
Frente a estos desastres esporádicos así como ante las carencias que, de tan cotidianas, se aceptan como naturales, la única reacción social ha sido históricamente el silencio, es decir la indiferencia. La cárcel es el lugar del olvido, donde todo se hace fantasma. “Las palabras nunca dejan de conectar unas cosas con otras, y a veces, las conexiones parecen inverosímiles. En eso se asemejan a las madres. Las madres siempre intentan unir: son lo opuesto a un calabozo”, escribe John Berger en De A para X, una novela construida sobre las cartas que recibe un preso en una cárcel española de alta seguridad. La frase le agrega espesor a lo que es una verdad demasiado pedestre: la cárcel separa, pero lo hace para siempre. Por eso, volviendo a Videla y Menéndez, se saboreaba por adelantado la posibilidad de que, enviados a esa tierra de nadie, fueran sometidos a las peores vejaciones, dejando a los presos como especies de guardianes del infierno, a cargo de la ejecución de una condena no legal, la de humillarlos en su condición de personas y de hombres. ¿Entregados a ese simulacro de infierno que se supone son las cárceles comunes, entrarán para siempre los represores en el mundo del olvido, dejarán de pertenecer al mundo de los vivos?


Cuenta así Caetano Veloso su experiencia en prisión: “Pasé una semana en una celda mínima donde se repetían todos los días los mismos actos, invariables, y, sin embargo, no logro recordar con claridad cómo era la puerta o los detalles de lo que hacían los carceleros a la hora de la revista. Creo que la pobreza misma de los acontecimientos termina por eliminar la percepción ordinaria del paso del tiempo”.
A ese mundo indiferenciado se ha enviado a Videla y Menéndez, un lugar donde todo termina por ser tan igual que todo se olvida. Es de esperar que, puestos allí, no sea éste el paso previo a borrarlos de nuestra memoria. Por eso no hay nada que celebrar en que se hallen hoy en una cárcel común, por sus compañeros de prisión y porque se los pierde de vista. El olvido atroz de esa soledad que les espera en sus últimos años puede ser una forma de alivio que ninguno de ellos se merece.

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