El discurso político del odio

Posted on 13 enero 2011

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Al oír la terrible noticia de Arizona, ¿usted se sorprendió realmente? ¿O en algún punto esperaba que sucediera alguna atrocidad por el estilo? A mí póngame en la segunda categoría.

He tenido un mal presentimiento en la boca del estómago desde las etapas finales de la campaña de 2008. Recordaba el recrudecimiento del odio político después de la elección de Bill Clinton en 1992, un recrudecimiento que culminó en el atentado de Oklahoma City. Y se podía ver, simplemente observando a las multitudes en los actos de McCain-Palin, que estaba listo para volver a ocurrir.

El Departamento de Seguridad Interna llegó a la misma conclusión: en abril de 2009 un informe interno advirtió que avanzaba el extremismo de derecha, con un potencial cada vez mayor de violencia.

Los conservadores denunciaron ese informe. De todos modos, ha habido un aumento notable de las amenazas y el vandalismo dirigido contra funcionarios electos, entre otros tanto el juez John Roll, que fue asesinado el sábado, como contra la representante Gabrielle Giffords. En algún momento, alguien lo llevaría más lejos. Y ahora ese alguien lo hizo.

Es cierto que el atacante en Arizona al parecer estaba mentalmente alterado. Eso no significa, de todas maneras, que su acto pueda o deba ser tratado como un hecho aislado, totalmente ajeno al clima nacional.

La primavera pasada Politico.com informó sobre un incremento de las amenazas contra miembros del Congreso, que ya habían aumentado un 300%. Un número considerable de los que hacían esas amenazas tenían antecedentes de enfermedad mental – pero algo en el estado actual de Estados Unidos viene llevando a más personas alteradas que antes a exteriorizar su enfermedad amenazando con violencia política o empleándola directamente.

El caso es que en una democracia hay espacio para las personas que ridiculizan y denuncian a quienes no están de acuerdo con ellas. No hay ningún lugar para la retórica eliminacionista, para sugerencias de que los que están del otro lado del debate deben ser eliminados de ese debate por cualquier medio que sea necesario.

Y es la saturación de nuestro discurso político con la retórica eliminacionista lo que está detrás del aumento notable de la violencia.

¿De dónde sale esa retórica? No finjamos equilibrio: viene, en forma abrumadora, de la derecha. Cuesta imaginar a un miembro demócrata del Congreso instando a los electores a estar “armados y ser peligrosos” sin quedar aislado; la representante Michele Bachmann, que hizo justamente eso, es sin embargo una estrella en ascenso en el Partido Republicano.

¿La masacre de Arizona hará, pues, menos tóxico a nuestro discurso? Eso depende de los líderes republicanos. ¿Aceptarán éstos la realidad de lo que le está pasando a Estados Unidos, y adoptarán una posición en contra de la retórica eliminacionista? ¿O tratarán de minimizar la masacre como el mero acto de un individuo desquiciado y seguirán igual que antes? Si Arizona impulsa un examen profundo, podría resultar un punto de inflexión. Si no lo hace, la atrocidad del sábado será sólo el comienzo.

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