La inocencia perdida

Posted on 22 diciembre 2010

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El domingo por la noche, un ciudadano extranjero tuvo el tino de destacar, donde debía hacerlo, lo más grave que ha sucedido en la Argentina en los últimos meses. Lo hizo nada menos que frente a la Casa Rosada, en el festival organizado para celebrar el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y donde se presentaron algunos de los más respetables artistas argentinos. Pero fue René Pérez Joglar, puertorriqueño y líder del popular Calle 13, quien registró que en un acto por los derechos humanos no podían faltar algunas referencias.

Y dijo:

“Qué bonito se siente estar acá. Qué bonito que todos estemos aquí congregados por los derechos humanos. Eso es nuestro derecho, ejercer nuestro derecho, el de los derechos humanos. Hay que decírselo a todos los gobiernos del mundo que a veces no lo entienden. Aquí vinimos por eso. Yo voy a ejercer mi derecho. El mío. Yo soy portorriqueño y ojalá mi patria sea libre e independiente algún día. Y yo desde afuera, mirando desde afuera las cosas, voy a ejercer el derecho, de que no deben haber asesinatos como los que están ocurriendo acá. Es increíble. No debe pasar eso. Aquí yo no vengo a tratar de caerle bien a la gente. Vengo a ejercer mi derecho. Y por eso me escribo en la espalda. Y el que quiera que me tome una foto, y el que quiera pegar el tiro que me pegue un tiro. (Se da vuelta y, sobre su espalda se lee: “Justicia para M. Ferreyra, Tobas, V. Soldati”.) Este es mi derecho. Estoy en todo el derecho”.

Ese domingo se cumplían cinco días de confusión en los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri. La manera sencilla en que se resolvió la toma del Parque Indoamericano destaca, por contraste, la torpeza y la miseria de los primeros días, que incluyeron represión, muertes, incitaciones al racismo y la violencia, ausencia inexplicable de fuerzas de seguridad en momentos clave, insultos recíprocos, y teorías conspirativas en todas las direcciones, tan útiles ellas para encubrir el desastre que los propios gobiernos –mucho más que cualquier eventual conspirador– estaban creando en una situación de por sí delicada. Si sólo se trataba de rodear el parque y poner en marcha una sencilla negociación –con dosis de promesas y de presión simultáneas– para que miles de personas volvieran a la villa, si era a la vez tan sencillo y tan obvio, ¿quién o quiénes son los responsables de todo el dislate previo, con las, al menos, tres muertes incluidas? Es conmovedor ver los esfuerzos de macristas y kirchneristas para sostener que los otros son los únicos responsables, tratar de instalar sus discursos oficiales, seguir intentando defenderse de la realidad. Fue Macri, fue Aníbal, fue Cristina, fue Duhalde. Hay para todos los gustos.

Lo cierto es que sólo era necesario un poco de buen tino y otro poco de negociación para resolver un problema delicado pero mucho menos grave de lo que terminó siendo. No hay posibilidades de que un grupo de personas muy humildes, desesperadas, sin recursos, desarmadas, con liderazgo dividido, resista la presión del Estado nacional y el local, si estos trabajan conjuntamente. Sólo la mezquindad y la torpeza pueden explicar que al dolor por la situación social, que sigue siendo lacerante en la Argentina, se le haya agregado más dolor aún. No eran narcos, no eran tropa de ninguna conspiración. Eran apenas personas humildes a las que la política –la de un país rico, con crecimiento récord hace casi una década, con supuesto modelo de inclusión– les debe una respuesta urgente.

Así llegaron. Así se fueron.

En el medio, el gobierno nacional perdió la inocencia en relación a las violaciones a los derechos humanos, porque la fuerza de seguridad que maneja reprimió violentamente y, según los primeros peritajes, presumiblemente mató. La primera persona que denunció que la Policía Federal estaba reprimiendo en Soldati y ya había causado dos muertes fue un hombre desesperado, que es casi un experto en el asunto porque lo vivió en carne propia. Se trataba de un chofer de colectivos llamado Rubén Carballo. Es el papá de un chico que murió en condiciones similares, hace casi exactamente un año, cuando la misma Policía Federal reprimió de la misma manera a cientos de chicos que hacían cola para entrar en la cancha de Vélez a ver un recital de Viejas Locas. La similitud entre un caso y otro es estremecedora porque ambas represiones fueron filmadas, en un caso por un camarógrafo del canal Todo Noticias y en el otro por uno del programa GPS que se emite por América. En las filmaciones se ve con lujo de detalles lo mismo: policías federales armados hasta los dientes moliendo a patadas y palazos a personas desarmadas tiradas en el suelo. Entre uno y otro episodio, otras cámaras, las de C5N, pudieron tomar cómo los policías junto con una patota de un sindicato oficialista evitaron la toma de vías el 20 de octubre pasado y luego observaron pasivamente la manera en que se producía la cacería humana que terminó con Mariano Ferreyra asesinado y Elsa Rodríguez, aún, en estado de coma. Basta recorrer las denuncias que mes a mes viene presentado la defensora del pueblo de la ciudad, Alicia Pierini, para percibir la brutalidad que ha ejercido en estos últimos dos años la Federal. O releer las investigaciones de Gustavo Grabia para enterarse de su complicidad directa –y la del oficialismo en la Nación, la ciudad y la provincia– con el accionar de las barras bravas asesinas.

Alguna vez, la preocupación tenía que llegar a nivel presidencial, alguna vez el agua iba a desbordar el vaso.

La designación de Nilda Garré al frente del flamante Ministerio de Seguridad intentará reparar los daños producidos por la gestión anterior a ella. La audaz decisión es similar a la que tomó Eduardo Duhalde en la provincia de Buenos Aires en abril de 1997 cuando, luego de entregarle la policía a la propia policía durante años, resolvió designar a un civil con convicciones democráticas y emprender la primera purga en la Bonaerense después de la dictadura. El disparador de esa decisión fue el asesinato de José Luis Cabezas. El civil, como se sabe, se llamaba León Arslanian, era uno de los camaristas que había juzgado a las cúpulas de la dictadura militar. Arslanian inició entonces un camino difícil, tortuoso y muy valiente, con marchas y contramarchas, donde la gestión del actual gobernador kirchnerista en la provincia de Buenos Aires no representa precisamente un avance. Garré es una dirigente política que ha estado muy expuesta en estos años, sin que nadie pueda señalarle una sola mancha, algo parecido a lo que ocurrió cuando el Gobierno propuso a Mercedes Marcó del Pont en el Banco Central.

De ella depende, en gran parte, que la inocencia no se haya perdido en vano.

Por Ernesto Tenembaum

http://www.elargentino.com/nota-118726-La-inocencia-perdida.html

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