Se dice de Nestor… ¿Por qué llora el pueblo?

Posted on 29 octubre 2010

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Por MAXIMILIANO F. MONTENEGRO

Cristian no tiene piernas. Está en una silla de ruedas. Tiene la mirada clavada en Cristina. Una lágrima le brota incontenible, espontánea, dando paso al aluvión que le inunda la cara. Alguien lo abraza, para contenerlo. Es su compañera, que intenta no desmoronarse. No lo logra. Allí, a escasos dos metros, la madera reluciente, las flores, las cartas, banderas celestes y blancas, abrazan el cuerpo del amigo que se fue. Sobre las piernas inertes, él lleva su certificado nacional de discapacidad. Un simple papel, con varias firmas, pero que le otorgó derechos desde que pudo tramitarlo, hace cinco años, cuando el amigo -que nunca conoció personalmente- era presidente. Antes estaba marginado, olvidado, recluido, ignorado, pero una decisión política le permitió acceder a una pensión, atención médica, transporte gratuito, tratamiento, materiales para su hogar y, fundamentalmente, dignidad. “No te voy a olvidar, hermano”, grita.
No sobrepasa los 20 años. Canta, salta, aplaude. Lo acompañan decenas de chicos, con tambores y banderas. En su remera la frase estampada lo define por completo: “Néstor, por vos las venas abiertas de América latina comenzaron a cerrarse”. Casi pisan la Plaza de Mayo, donde el dolor desborda, pero también la alegría y la esperanza. Hace horas que comenzaron la interminable fila para despedir a su líder. Pero él, de pronto se queda inmóvil. Como un relámpago, un recuerdo lo paraliza. Se quiebra, y de inmediato sus pares lo rodean, le acarician la cabeza, lo besan. Respira, suspira y resopla, con los ojos inundados. Luego sigue cantando, saltando y aplaudiendo.
En su cuerpo, en su espíritu, están las marcas indelebles de su paso por las Islas Malvinas en la absurda guerra. Pero también el desdén, la marginación que padeció al retornar. Fueron dos décadas de humillaciones, para él, su familia y sus compañeros. Con muchos amigos que no lo soportaron. Está apoyado sobre una reja de la Casa Rosada, todavía no juntó coraje para ingresar, como ya lo hicieron sus colegas. Con orgullo lleva la casaca verde, los borceguíes y las medallas. Una movilera radial lo descubre entre la multitud. “Néstor nos abrió la puerta, nos escuchó y tomó la decisión de hacer lo que nadie había hecho. Por él ya ninguno de nosotros se suicida”, cuenta el veterano. La cronista, conmovida, comenta que desde hace algunos años los combatientes cobran un haber equivalente a tres jubilaciones mínimas.

Plaza_20
Tiene el pelo negro, largo, sujetado con una gomita amarilla. Al observarla, todo en ella revela lucha eterna, pelea cotidiana. En sus brazos, una beba, regordeta y con un caramelo aferrado en la mano derecha. A sus costados, sentados en el Cabildo, cuatro varones, adolescentes y niños. Compraron fiambre, pan y dos gaseosas. Ella, con envidiable habilidad, prepara sanguchitos con una mano. Vinieron de lejos, en tren y subte. Se quedó sola cuando murió su marido. Trabajó durante años en una casa en Vicente López, fregando, barriendo, lavando. Cuatro días a la semana, 500 pesos por mes, lejos de sus hijos. Un día, a principios de año, una vecina le contó que podía pedir la Asignación Universal. Se la dieron, pero también le ofrecieron un horno para hacer prepizzas. Empezó a trabajar los siete días de la semana, casi sin descanso. De a poco, llegaron las zapatillas, los útiles escolares, algún juguete, una salida al cine, una comida especial. “Gracias, Néstor. Fuerza, Cristina”, dice un papel en poder de uno de los nenes.

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