y a ustedes porque lo secuestraron. Para robarnos la empresa. Ah entedí…

Posted on 29 septiembre 2010

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Los otros casos Papel Prensa: las apropiaciones económicas

Los hermanos Iaccarino eran prósperos empresarios. En la primera semana de noviembre de 1976, Rodolfo, Alejandro y Carlos fueron secuestrados. Pasaron por 14 cárceles y 4 centros clandestinos de detención durante 22 meses. La dictadura les robó todo, menos la memoria.

Alejandro Iaccarino mira fijo y dice: “¿El peor terror, ese que jamás podré olvidar? No saber el motivo por el cual me torturaban casi hasta la muerte”. Pasaron casi 34 años de ese terror, pero ni él ni su hermano Carlos pueden olvidarlo. Mejor dicho: no quieren olvidarlo. Hacen memoria y pelean para que nadie olvide, para que nadie vuelva a decir, ni a pensar siquiera, “por algo será”, ese patético antecedente de la teoría de los dos demonios.

Cuatro días de noviembre.

Hay quienes afirman que las casualidades no existen. Y mucho menos cuando se trata de un plan sistemático y siniestro como el que se puso en marcha con el golpe de Estado de 1976. Un plan que incluía, además de la aniquilación del 10 por ciento de la sociedad y sumir en el silencio al 90 por ciento restante, quedarse con el núcleo económico no afín a los embates neoliberales de la troupe comandada por José Alfredo Martínez de Hoz. Y no hay ninguna casualidad en lo que ocurrió la primera semana de noviembre del ’76, apenas a ocho meses de que los militares usurparan el poder.

El 2 de noviembre de 1976, en uno de los salones de reuniones del diario La Nación, Lidia Papaleo de Graiver firmó el boleto de compraventa de Papel Prensa a favor de Fapel S.A. al módico precio de conservar la vida de su hija y la suya propia. El 5 de noviembre de 1976, el empresario textil Federico Gutheim y su hijo Miguel fueron secuestrados por orden de la dictadura. La causa había sido la molestia que ciertas empresas chinas le habían manifestado en su viaje a Hong Kong al entonces ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz con la firma Sadeco (propiedad de los Gutheim). Los cargos, según Videla, fueron: “Desarrollar actividad que atenta contra la paz interior, la tranquilidad, el orden público y los intereses de la República”.
En medio esas dos acciones de la dictadura, exactamente el 4 de noviembre de 1976, los hermanos Rodolfo y Carlos Iaccarino, junto a su padre Rodolfo Genaro, fueron detenidos por la policía (cumpliendo órdenes de la X Brigada de Infantería del Ejército) en la ciudad de Santiago del Estero y trasladados a la Regional Uno a cargo del comisario inspector José Medina. Casi a la misma hora, en Buenos Aires, fueron detenidos el tercer hermano Iaccarino, Alejandro, y su madre, Dora Emma Venturino, por un grupo civil armado y trasladados a la Comisaría 21ª de la Policía Federal. Los hermanos Rodolfo, Alejandro y Carlos Iaccarino eran empresarios de gran prestigio y rotunda contundencia en sus negocios. Contundencia debida a la puesta en práctica de una teoría ideada por Carlos cuando tenía sólo 17 años: el Plan Económico Expansivo General (Peeg).

Una familia de los ’60. “Veníamos de una familia de clase media, con escasos recursos. Mi padre, que había llegado a tercer año de Medicina, era conservador popular, de Solano Lima. Mi madre, maestra, era radical. Nunca se habló en casa de política. Lo nuestro era la orientación económica”, dice Carlos. Y completa Alejandro: “Nos gustaba, pero además, era porque necesitábamos ayudar con nuestros ingresos. Mi padre no quiso afiliarse al peronismo y lo echaron, con lo cual tuvimos que salir a tratar de no caer en la miseria. Vivíamos una situación económica muy austera”.
Hoy, con 63 años, Carlos Iaccarino trabaja 14 o 16 horas diarias sin parar. Hoy, con 64, Alejandro, además de poseer una enorme creatividad, puede convencer a un beduino en el medio del desierto de que todo eso que lo rodea es agua.
Rodolfo, el hermano mayor, abandonó los estudios en segundo año y se dedicó a la compra–venta de cubiertas y luego a la de autos. Carlos, el menor, recibido de Maestro Mayor de Obras en el colegio Albert Thomas de La Plata, comenzó a trabajar a los 18 de dibujante técnico de redes e instalaciones en Obras Sanitarias de la provincia de Buenos Aires.

Pero Alejandro quería más. Y una noche, a la vuelta del trabajo, se puso a idear un plan económico basado en la llegada directa de los productos al consumidor y el ataque a la monopolización de los servicios. “Un negocio es bueno cuando les va bien a todos –dice Alejandro–, y en ese juego de estrategias que fui armando en seis meses, todos ganaban. Lo único que hacía falta para que empezara a funcionar era un financista.”

Carlos recuerda que Alejandro fue a ver al presidente de la Banca Shaw, el doctor Alejandro Enrique Shaw. Y recuerda la frase de Alejandro cuando la secretaria de Shaw le dijo “el doctor sólo atiende a financistas”: “Yo traigo el proyecto económico que desarrollé. El doctor me puede decir que sí o que no. Si me dice que sí, puedo pelearlas. Si me dice que no, siendo un gran financista, abandono todo. Ese sí o ese no pueden cambiar mi vida”. Shaw lo atendió una semana más tarde, dijo sí al Peeg, y le recomendó entrar en contacto con sindicatos importantes para ponerlo en funcionamiento. Entonces, la vida de los Iaccarino, efectivamente, cambió.

El camino. Los Iaccarino vendieron un Citröen para armar la primera empresa, Constructora Sureña Argentina, que edificaba viviendas a comprar con créditos para los obreros de la carne de Berisso, primero, y luego también a los de la UOM. A partir de allí, Alejandro emnpezó a inventar: Ilumbras, que se encargó del alumbrado con gas de mercurio y células fotoeléctricas. Luego, se hicieron cargo del abastecimiento de productos esenciales de la canasta familiar en la ciudad de La Plata logrando abaratar los precios evitando la intermediación. Fueron los primeros en embolsar carne fraccionada en el país. Con las ganancias y con los contactos, compraron en 1974 dos establecimientos agrícolo–ganaderos de 25 mil hectáreas en Santiago del Estero. Al año siguiente compraron Ilsa (Industria Láctea Santiagueña), que estaba pasando por uno de sus peores momentos. A fuerza de acuerdos con los productores, mejoras técnicas y el pago del 50 por ciento del precio de sachet a los tamberos, Ilsa creció y puso en marcha una cuenca lechera que unos meses atrás parecía un imposible.
Las ganancias de los Iaccarino seguían aumentando (tanto que para trasladarse de una empresa a otra compraron una avioneta Rockwell Aerocommander Srike 500) en base a una razón que hoy siguen enarbolando Carlos y Alejandro y jamás admiten los empresarios: “El negocio es bueno cuando a todos les va bien”.

22 meses hace 34 años.

El golpe lo veíamos venir –dice Carlos–, pero como no teníamos nada que ver con lo que ellos llamaban subversión, no pensábamos nada más que en los posibles cambios económicos que se podían dar. Y no teníamos motivos para creer que iba a ocurrir la implantación del sistema neoliberal de Martínez de Hoz”.

Los Iaccarino estaban tranquilos: prósperos empresarios, sin contacto alguno con las organizaciones armadas, fieles a su maestro Arturo Frondizi, no tenían por qué temer ante un nuevo golpe de los que ya eran costumbre en el país. Carlos mira fijo de nuevo, como al principio de la charla, y dice: “Pero el 24 de marzo comprendimos que la cosa estaba muy mal. En abril el presidente del Banco Provincia nos llamó para decirnos que nuestros créditos entraban a descubiertos en cuenta corriente. Ese día pasamos a ser delincuentes, subversivos económicos, como nos rotularon”.
Desde ese 4 de noviembre de 1976 hasta su definitiva liberación el 4 de septiembre de 1978, los hermanos Iaccarino pasaron por 14 cárceles y cuatro centros clandestinos de detención. Sus padres estuvieron detenidos poco más de dos semanas como rehenes.

Dice Carlos: “Estas bestias que ordenaban la tortura y las bestias que las llevaban a cabo no tienen la menor idea de lo que ocurre en el cuerpo de esa persona a la que van a torturar”. Amplía Alejandro: “El estado interior del cuerpo ante la muerte empieza a generar una inmensa cantidad de adrenalina. Pánico, es pánico. A uno lo van a matar. Y las golpizas, encapuchado y esposado, aumentan el terror. El problema de la dimensión por la cual uno está pasando es inenarrable. La adrenalina estalla en todo el cuerpo. La mente empieza a funcionar a una velocidad increíble”.

Los torturadores querían averiguar cómo habían hecho tanto dinero y qué era esas cosa del Peeg. “Pero –dice Alejandro– qué iba a explicar yo siendo picaneado. Cómo iba a hacerles entender las relaciones económicas que estaban en juego a unas personas que no podían entenderlo de ninguna manera. Sólo cabía esperar la muerte”.
Pero lo que llegó fue el robo de las 25 mil hectáreas, la avioneta y las acciones de la empresa láctea. A cambio, como ocurrió con Lidia Papaleo y Federico y Miguel Gutheim, los Iaccarino recuperaron la libertad. Y con la libertad, un arma letal contra la dictadura: la fuerza de no olvidar.


• EL HORROR DESPUÉS DEL HORROR
Dora Emma Venturino de Iaccarino, la madre de Rodolfo, Carlos y Alejandro, se reunía una vez por año en la tradicional confitería platense París, con las maestras con las que había compartido la escuela 19 de La Plata. Cuando llegó a la reunión en 1978, Norma Roca la paró en la puerta y le dijo: “Estuvimos hablando con las demás chicas y no creemos conveniente seguir reuniéndonos con vos”. Dora, que había estado detenida durante quince días en una celda de dos por dos, la miró como hoy miran sus hijos y dijo: “Se están transformando en cómplices de lo que está ocurriendo”.


Por la violencia a la que fue sometido durante la detención, a Rodolfo, el hermano mayor de los Iaccarino, se le declara una afección cardíaca por la cual tuvo que tratarse de por vida. En 1999 se sometió a cuatro by-pass. Rodolfo declaró en el Juicio por la Verdad y trató de reencauzar su vida. El 13 de junio de 2009 recibió una amenaza mientras caminaba por la plaza platense de 13 y 60: “La desaparición de usted y sus hermanos va a hacer más ruido que el de Julio López”. Poco menos de un mes después, Rodolfo moría a consecuencia de un ataque cardíaco masivo.

•EL NEGOCIO DE LA MALA LECHE
Cuentan los Iaccarino que en 1975, pero fundamentalmente a partir de marzo de 1976, Estados Unidos mandaba leche en polvo de la reserva americana al puerto de Buenos Aires. Allí, los compradores eran las dos mayores empresas lácteas del país que adquirían el producto al 20% del valor real de la leche en polvo. Esa leche subvaluada, era vendida a las cooperativas del noroeste que no alcanzaban a cubrir las necesidades de la zona. Para la leche que se envasaba para consumo familiar, se permitía mezclar el 50% de leche natural y el 50% de leche en polvo. Las dos empresas les vendían a las cooperativas esa leche en polvo a crédito. Y, poco a poco, ante el atraso en los pagos, se fueron quedando con las cooperativas. “Con nuestra sociedad anónima no pudieron –dicen los Iaccarino–. El poder de las grandes empresas era tanto que llegaron a trasladar la leche en polvo en camiones tolvas transportadores de cemento. Pasaban por los puestos camineros sin chistar. En dos o tres años, no quedó ninguna cooperativa. Entonces, empezó la caza de nuestra empresa.”

Los genocidas y sus complices como vemos no solo venían a reestablecer el orden. El orden incluía robar bebes, robar empresas e instalar un proceso económico que aún hoy sigue costando vidas.

Recordemos a quien los enjuicio en el 85, no olvidemos a quienes los indultó en los 90´s y quienes por convicción o aprovechamiento, generan condiciones para continuar los juicios.

Juicio y Castigo a los Genocidas culpables.

A los civiles que colaboraron y se apropiaron de empresas, fortunas, y bebés.

Ni olvido ni perdón.

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