“¡Tuve que balear gente! ¿Entiendes lo que es eso?”

Posted on 5 marzo 2010

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No puedo más, esto es el infierno, tuve que balear gente. ¡Tuve que balear gente! ¿Entiendes lo que es eso?”, casi gritó por el teléfono, y se quebró.

Fue lo primero que pudo decir Jorge Mendoza, gerente de una importante compañía de Concepción ayer, cuando finalmente la ciudad recuperó parte de las comunicaciones y la llamada desde Buenos Aires fue posible. Y repetía como una letanía, desde el dolor de alguien que se siente obligado a explicar lo que jamás pensó que iba a tener que explicar: “Tuve que balear gente, tuve que balear gente”.

“Son hordas que avanzan matando y robando, no dejan nada en pie. Y acá estoy con mi mujer y mis dos hijos, que están aterrados. Esto es peor que el terremoto, no damos más, no tenemos luz, no tenemos agua, gas, petróleo, nada. Nos organizamos con cuatro vecinos más para defendernos, nadie nos protege y hace tres noches que no dormimos, Dios, que alguien haga algo por favor”.

Desde el otro lado del teléfono, Jorge no puede ocultar su angustia, la de quienes lo perdieron todo y sienten que están perdiendo más, hasta los parámetros de una vida normal que, aunque afectada por el peor terremoto de los últimos 50 años en Chile, creían que lo peor había pasado.

Cuenta que está hace dos días tratando de sacar a su mujer y a sus dos hijos de la devastada ciudad, pero que todavía no pueden ya que, revela: “están asaltando a la gente que viaja sola, no nos podemos mover, estamos condenados al infierno y nadie hace nada por ayudarnos”.

Felipe Sandoval, periodista, vive su propia tragedia. “Mi casa quedó en pie y toda mi familia está bien, pero la situación está ingobernable”. Sigue: “Tuve que mandar a mi mujer y mis tres hijas a un barrio cerrado de unos amigos para poder protegerlas, y con otros siete vecinos estamos cuidando lo poco que nos queda. No hay petróleo, sólo nos podemos mover en bicicleta y por zonas muy pobladas, porque sino te sacan hasta eso”, relata desde Concepción, por teléfono.

“Pensé que después del terremoto nada peor podía pasar, pero me equivoqué”, cuenta desde el vértigo de la ciudad colapsada. “Yo vivo en un barrio humilde, de toda gente de trabajo, sacrificada y estoy viviendo cosas que jamás pensé que podían pasar. Somos nuestro propio infierno”, dice con la voz entrecortada.

Y agrega: “Primero saquearon tiendas buscando comida, después supermercados buscando cualquier cosa, y ya empezaron con las casas. Hoy acá la vida no vale nada. Lo que el terremoto no destruyó esto sí lo hizo”.

http://www.clarin.com/diario/2010/03/03/elmundo/i-02151231.htm
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