Por dónde se corta el hilo (ult parte)

Posted on 11 noviembre 2009

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Maristella Svampa –licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París– ha estudiado no sólo la formación y consolidación de las organizaciones piqueteras, sino también el modo en que se ha buscado criminalizar sus reclamos con argumentos que, desde mitad de los años ’90, han servido a distintos ciclos políticos. Desde ese lugar, la académica advierte sobre las particularidades de los discursos políticos y mediáticos que, con violencia, se hicieron oír la semana pasada, estigmatizando a determinadas agrupaciones de desocupados y desocupadas y a sus dirigentes, especialmente a una de ellas, una mujer, Milagro Sala. El avance de la derecha, la comprensión de la política –otra vez– en términos de civilización o barbarie y la configuración de nuevas organizaciones sociales en boca de una intelectual que ha sabido acompañar el pulso popular a lo largo de las últimas dos décadas.

Cont…

¿Vos no advertís un espacio más fértil para que se escuchen discursos que parecen no registrar mediaciones en cuanto a la construcción de un otro oscuro, pobre, amenazador, incluso extranjero?

–Puede ser, pero yo lo que veo es más bien continuidad y cada tanto inflexiones en las que toma relevancia este discurso, pero este discurso criminalizador tanto de los medios como en algún caso fue del Gobierno en relación con los movimientos de desocupados y por extensión a otras organizaciones populares, sobre todo si uno piensa por ejemplo en las poblaciones originarias. Yo lo veo desde hace tiempo. ¿Qué es lo que hay de nuevo? Hay, más que un endurecimiento del contexto represivo, un avance de la derecha, una consolidación de un discurso altamente sicuritario en donde esto aparece también como una suerte de amenaza, sí. Pero en el 2004 también lo había, estaba (Juan Carlos) Blumberg, por ejemplo, todavía había más presencia de las organizaciones piqueteras en el espacio público de la ciudad de Buenos Aires. También lo había en el 2001 y en 1999 cuando empezaron a tener más centralidad las organizaciones piqueteras no sólo como sujeto social sino político. En realidad, la historia misma de los avatares de las organizaciones piqueteras, más allá de que hay diferentes fases y es un campo muy heterogéneo, está muy marcada por el discurso criminalizador que va desde la judicialización del conflicto –o sea llevar las acciones políticas al terreno penal–, hasta la criminalización o estigmatización mediática y política.

Esta vez, pareciera que la estigmatización mediática tiene un efecto directo sobre el sentido común que otras veces no funcionó de manera tan automática.

–Claro, este discurso criminalizador, estigmatizador, no tiene el mismo resultado, no siempre llega a cuestionar el relato identitario construido por un actor, que nunca es lineal. Cuando el gobierno de (Carlos) Menem calificó de rebrote subversivo lo de Cutral-Có, esa lectura no se instaló. Cuando el gobierno de (Eduardo) Duhalde habló de complot y matanza entre piqueteros en el Puente Pueyrredón, eso tampoco llegó a instalarse y fue desbaratado rápidamente por diferentes medios. A partir de 2004 hay inflexiones. A partir de 2004 hay un quiebre del relato identitario piquetero, porque los que habían sido hasta ese momento el símbolo de la lucha contra el neoliberalismo comienzan a ser vistos como una suerte de efecto perverso del modelo neoliberal.

¿A qué te referís con “efecto perverso”?

–Por el asistencialismo, por la manipulación política, por la cuestión de la violencia piquetera. Eso, hoy en día, aparece mucho más instalado, creo yo. Pero viene de 2004, activado, actualizado, con nuevos elementos por el hecho de que realmente no estamos frente a ese gobierno fuerte que fue el de Néstor Kirchner, con esa capacidad de aglutinar a sectores de derecha que demandaban gobernabilidad con sectores de centroizquierda que apelaban a la idea de transversalidad. Hoy en día esa coalición se deshizo y tenés el avance de una derecha que busca deslegitimar las organizaciones sociales que se incorporaron al Gobierno.

Son dos etapas diferentes pero que tienen continuidad, si no lo decimos parece que no tuviéramos memoria, que no recordamos ni lo que pasó en 1996 o en 2004. Hoy llegamos al punto en que abrís cualquiera de los dos grandes diarios nacionales y hablan de lo que pasó en Cutral-Có como si allí hubieran estado los piqueteros auténticos. Lo hacen a través de reportajes en los que se ubica a una figura que participó de aquel movimiento –pasa en la televisión también– preguntándole qué opina de D’Elía, qué opina de Pérsico, para que los deslegitime, para hacer la distinción entre piqueteros auténticos y los otros, o para quitarles ese nivel de autenticidad a los movimientos piqueteros. Porque ése es el objetivo de fondo, distorsionar lo que es un movimiento social. Que a la vez es muy heterogéneo y nunca tuvo una relación fácil con el resto de la sociedad.

Apenas se puede recordar un breve romance que encarnó aquella consigna de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.

–Sí, se habían tendido pasarelas y no puentes porque la primera correntada se las llevó puestas. Y que en realidad vuelven a mostrar esta ruptura de solidaridades sociales entre clases medias y clases populares. Pero también al interior de las clases populares hubo rupturas de solidaridades porque surgió un nuevo proletariado plebeyo dentro de ese mundo de los excluidos que se generalizó en los ’90.

¿A qué llamás proletariado plebeyo?

–En varios libros lo que analizo es cómo se dieron el declive y la fragmentación de las clases populares, clases trabajadoras muy ligadas al mundo del trabajo formal y vinculadas con el peronismo, sobre todo con los sectores sindicales y la emergencia de un mundo organizacional diferente, muy proclive a la acción directa y al desarrollo de otras formas de organización. Ese mundo de los excluidos que comienza a autoorganizarse y adquiere visibilidad, sobre todo a partir de 2001, es diferente de aquel mundo de los trabajadores urbanos relacionados con el trabajo formal. Este es un mundo desconocido que inspira miedo para muchos de estos sectores medios, blancos o no. Son los que sintetizan la imagen de las clases peligrosas, sobre todo si están del otro lado, en el conurbano bonaerense.

¿Su mera existencia podría funcionar como una amenaza para quienes todavía participan del sistema laboral?

–Ese mundo no es clase trabajadora, tampoco es lumpen proletariado como se lo intenta descalificar, sino un nuevo proletariado plebeyo que busca autoafirmarse a través de la acción directa en tanto ser excluidos dentro del modelo neoliberal. En esa suerte de autoafirmación de ciertos rasgos culturales asociados con las clases populares aparecen como altamente disruptivos y son también los que provocan tanto desprecio por parte de las clases medias en todo momento. Hablo de proletariado plebeyo porque conforma los contornos de una nueva clase popular y en ese sentido. Por eso ya no se puede hablar de clase popular en singular, hay que usar el plural, porque hay una fragmentación o distancia entre los excluidos y el mundo de los trabajadores sindicalizados, por ejemplo.

Las relaciones entre organizaciones piqueteras y trabajadores ocupados son muy, muy complicadas, muy poco verbalizadas. Siempre fueron vistas con desconfianza, incluso en ese período de las asambleas barriales había desconfianza hacia los piqueteros porque había varias cosas que los colocaban en el lugar de la alteridad radical, primero por su acción disruptiva; y después, la cuestión de los planes sociales nunca cerró del todo. Es cierto, cuando después veían lazos solidarios, comedores, panaderías, proyectos, emprendimientos productivos, ahí cambiaba el registro de lectura, pero era muy diferente la relación con los cartoneros, por ejemplo.

Para las clases medias parece más fácil relacionarse con sujetos asistenciales que con actores políticos.

–Claro, mientras los piqueteros eran sujetos políticos, los otros no aparecían de ese modo y sí demandaban una lógica más asistencial pero sobre todo pedagógica de parte de las clases medias. Es increíble, pero esas relaciones tortuosas dentro del universo militante incluso, son poco verbalizadas, no se habla acerca de lo difícil que es comprender, incorporar, tratar al otro en su diferencia. Y los piqueteros siempre fueron los peores tratados. Afuera y adentro del campo militante.

En el caso de Milagro Sala, el discurso desde los medios es sobre todo estigmatizador, a pesar de que se sienta la sospecha sobre un accionar supuestamente delictivo por el uso de armas o de la violencia, también se habla de, por ejemplo, su pertenencia a los pueblos originarios y hasta de su pelo “cortado a cuchillo”.

–Sí, pero los medios de comunicación adoptan un discurso que convoca e impulsa a la criminalización. Porque lo que hacen es, primero, reducir y simplificar la protesta, desdibujar la demanda de derechos y caracterizar como ilegal a la misma. Favorecen la judicialización del conflicto, los propios medios, sobre todo los televisivos, cada vez que enfocan una protesta lo primero que hacen es asociarla con el caos y establecer una jerarquía de derechos que pone sobre todas las cosas la garantía de circulación y no el derecho a tener derecho. Entonces sí es estigmatización mediática y social pero el camino de la judicialización está ahí nomás. Abre el camino a la criminalización y lo impulsa.

¿Cómo impactan estos discursos hacia dentro de las organizaciones sociales?

–Con mucha preocupación, porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política termina habiendo represión.

Y muertes. Como pasó en los casos que ya mencionaste: Cutral-Có, General Mosconi, la masacre del Puente Pueyrredón.

–Exactamente. Es muy preocupante y ya hay muchas organizaciones que hicieron declaraciones advirtiendo que cada vez que desde el poder, desde los medios, de los partidos políticos y en definitiva desde las fuerzas del establishment se asocia movimientos sociales a violencia política, lo que ha habido después son episodios de represión importantes. El último: la masacre de Puente Pueyrredón, donde antes se había escuchado incluso a dirigentes del partido radical hablando de violencia política.

Volvemos entonces a advertir un avance de la derecha encarnada en ciertos sectores de las clases medias, partidos políticos, propietarios.

–Creo que lo que ha habido es un avance muy neto de la derecha en un contexto de descomposición del modelo kirchnerista. Sin embargo, ¿por qué no soy partidaria de ver sólo el avance de la derecha? Porque creo que efectivamente ha habido aperturas por izquierda o por centroizquierda. Hoy la capacidad del kirchnerismo de convocar organizaciones sociales ya no la tiene más, se abrió entonces un espacio de izquierda o centroizquierda para desarrollar imaginación política, no solamente en el sentido en que lo pueden postular Pino Solanas o la Constituyente Social. Lo pienso desde el campo de las organizaciones sociales independientes o autónomas. Es un campo, también ése, interesante, para pensar posiciones de centroizquierda y pensar más allá del gobierno. Y eso estuvo invisibilizado sobre todo porque el kirchnerismo parecía invencible.

¿Quiere decir que podría abrirse el espacio para dejar de pensar que hay sólo dos opciones posibles?

–Mi tesis de doctorado, a mediados de los ’90, fue la lectura política y cultural de la dicotomía civilización y barbarie en el espacio político y cultural hasta los años ’70. Y me acuerdo que terminé ese libro señalando que esa dicotomía como lectura omnicomprensiva se había debilitado o desaparecido, que quedaba más bien como mecanismo de descalificación cuando se quiere tildar de bárbaro o antipueblo al otro. Sin embargo, esto se reactualizó. ¡Lo primero que escribí en torno del conflicto con los sectores agrarios fue sobre la reactualización de los esquemas binarios!

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